Se ha hablado mucho de las actitudes pacifistas fundamentales en la no-violencia. El hombre que ha caracterizado esta postura a sido Ghandi y su lucha no violenta, en la India. Otros hombres y mujeres de nuestro siglo, con su testimonio, y a menudo entregando la propia vida, han sido referentes de esta actitud no violenta. El movimiento pacifista ha sido uno de los granes hallazgos del siglo pasado y es vigente, más que nunca, en los tiempos que estamos viviendo.

Parece que el pacifismo sea contrario a la violencia, que sean dos términos incompatibles. Pero me parece que tenemos que recuperar la palabra violencia, ya que no podremos alcanzar la paz sin una cierta violencia. Con la violencia pasa algo parecido que con los conflictos. Violencia significa fuerza, energía, e igual que el término conflicto, es una realidad neutra, ni mala ni buena, es necesaria para la vida de cada día. Hacemos violencia cuando tenemos que salir del bagón del metro, todo el mundo entra y se nos puede pasar la parada. Cuando los padres hacen presión insistente para encontrar un lugar en la escuela para su hijo, que realmente lo necesita. Cuando hacemos huelga de hambre o cuando hacemos una acampada delante de un estamento oficial para reclamar más justicia.

Pero, ¿cuál es la piedra de toque para distinguir la violencia refutable de la aceptable? Este es un punto que hay que tener muy claro. La piedra de toque hace referencia a dos realidades: una, hacia las personas (sobretodo su libertad y dignidad) y la otra hacia las cosas. La violencia refutable, mala, es aquella que dobla, rompe, somete la libertad de las personas y destruye las cosas. Por el contrario, la violencia que necesitamos para construir la paz en el mundo es aquella que respeta y acepta la libertad humana, que respeta y vela por las cosas, el arte, la belleza, etc.

Si dejamos que los antisociales, los de carácter guerrero, los peleadores, los fanáticos monopolicen el término violencia, nos quedaremos sin recursos para poner en pie el mundo de la paz. Hay que articular los esfuerzos constructivos, solidarios, en una lucha, en un combate, donde siempre se respete la libertad para construir, nunca para destruir.

Y no se puede construir un mundo donde haya paz, justicia, solidaridad, sin energía, fuerza y esfuerzo. Es necesaria esta violencia, empezando por la violencia con uno mismo. Con comodidad o mínimo esfuerzo no conseguiremos la paz. Se necesita fuerza para salir de estas actitudes pasivas.

Y una de estas actitudes más pasivas y más sutíles, es la que se deriva de las necesidades que tenemos los seres humanos de amar y ser amados y, esta necesidad de que nos quieran, nos lleva a exigir que lo hagan. Cuando esta exigencia se transforma en una imposición forzada, impedimos aquello que precisamente queremos conseguir: que nos quieran. Como dice el punto VI de la Carta de la Paz dirigida a las Naciones Unidas: aquel que reduzca, esclavice o quiera doblegar la libertad del otro está imposibilitando que en el mundo haya paz. Sólo quien respeta y favorece la libertad de los demas, posibilita el aprecio cordial, la estima y por lo tanto la paz. Sin libertad no puede haber paz. Sin libertad se desarrolla la imposición de un amor posesivo, que provocará violencia destructiva en el ámbito familiar, social y político. ¡Cuántos matrimonios, amigos, grupos sociales quieren mutuamente dominarse y ahogan al otro revistiéndose de la palabra amor. Tenemos que ser fuertes, para luchar de forma pacífica contra estos pseudo-amores que llevan a la guerra y no a la paz.

La sociedad tiene que hacer un cambio, una conversión: la paz no deviene sola, son muchos los obstáculos individuales, sociales, personales y estructurales. La paz pasiva en el ámbito personal, cuando se define como falta de participación y democracia lleva a una vida tranquila. Pero la paz surge más de una línea activa que vive las confrontaciones, las imposiciones y los conflictos y los aborda con fuerza y decisión. Utilizando las vías democráticas, sin doblegar ni forzar nunca la libertad, pero con la energía necesaria, tenemos que trabajar para que se puedan resolver las grandes cuestiones que tenemos planteadas.

Jordi Cussó