La información es el capital de datos que le llega a una persona a lo largo del día; los datos que observa, que escucha, que percibe. Algunos de estos datos quedan retenidos y esto es lo que llamamos conocimiento. Es evidente que hay estrategias para conseguir el conocimiento y hay personas que acumulan tanto conocimiento que merecen la categoría de eruditos: aquellos que han acumulado mucho conocimiento, que no han dejado perder la información, y que tienen una cabeza bien clara y ordenada. Pero no nos equivoquemos: esto no es ser sabio. La sabiduría como le escuché a Edgar Morin, es saber aplicar a la propia vida todo lo que hemos conocido; en el fondo, crecer en humanidad, ser más persona, desplegar el talento que tenemos dentro.

Etimológicamente tomamos la sabiduría de la palabra latina «sapere«, de la que se derivan dos palabras: saber y sabor. Dos palabras que indican:  aquel que sabe, y al mismo tiempo saborea lo que sabe (saboreando aquello de lo que trata su saber). Un saber que se alimenta de la vida, por lo tanto, no puede ser sólo un saber teórico sobre las cosas, sino uno que concilia éste con la experiencia conocida y vivida.

No podemos caer en una visión maniquea o dualista entre sabios y eruditos, como si fueran actitudes contrapuestas. Los sabios también pueden cultivar la erudición, pero la erudición no es una premisa imprescindible para convertirse en una persona sabia. Una cosa es ser un gran experto, pero ser sabio es otra cosa. Eso no quiere decir que no haya científicos que sean sabios, como habrá científicos que no lo sean, o sabios que no serán científicos.

Hoy en día, aquella visión algo «racionalista» del sabio, donde se valoraban sólo los conocimientos está un poco desfasada. ¿Cuántas personas brillantes, eruditas, tienen una personalidad inmadura y son unos egocéntricos o inadaptados, y unos materialistas? Además de tener los conocimientos, nos tienen que ayudar a entender la vida, y a manejarnos con las personas, con la misma realidad que nos rodea y es obvio que todas estas cosas son más complejas que un conjunto de conocimientos, por más amplios que estos puedan ser.

El sabio no es sólo un buen profesor, o un buen catedrático, sino un buen testigo, no sólo tiene que mostrar unos conocimientos, sino que debe testimoniar una experiencia. Experiencia que redunde en el bien de la vida concreta de las personas. Podríamos decir que se acerca más a la figura clásica del maestro, de aquel que enseña lo que sabe y lo que vive. Casi podríamos decir que sabe, porque vive, que su maestría es vivir, por eso lo que enseña, es precisamente lo que ha vivido, lo que está viviendo, ya que la vida se convierte en su fuente de continuo aprendizaje. Como expresa Raimon Panikkar: “Aquella sabiduría que quiero para poseerla, deja de ser sabiduría[1] El sabio es consciente de que, si algo le hace tal, tiene que ver más con su ser que con sus conocimientos.

Sabio no se es de una vez para siempre, sabio es el sostenimiento de una relación – casi amorosa- con la vida, es un escuchar y aprender continuo. El sabio sabe, va sabiendo y respondiendo, a todo lo que le da la vida. Respondiendo vamos siendo, vamos viviendo, conociendo. Seguramente por eso en muchas culturas a los ancianos se los ha considerado los hombres sabios, lo que abren el camino desde la experiencia vivida.

En un mundo como el que hoy tenemos, donde la información de la que disponemos es tan basta y extensa, casi nos es imposible conocer ni una tercera parte de la que podemos recibir. Entre otras cosas porque no hay tiempo material para leerla, y mucho menos para captarla en profundidad. Aquel ideal del sabio del renacimiento, (lo sabían todo de todo) nos queda también desfasada y no podemos aplicarla al día de hoy (el mayor erudito de hoy en día es el Sr. Google). Se impone pues una tarea de elegir entre todo lo que nos llega, para ver lo que realmente es importante. La sabiduría, entre otras cosas, radica en dar el valor justo a cada cosa, saber discernir entre lo superfluo y lo fundamental, qué cosas son necesarias para nuestra vida y cuáles son hojarasca y podemos prescindir de ellas porque no nos aportan nada relevante.

A menudo, perdidos en el caudal de información, atrapados en un mundo frívolo y superficial, y cargados de tópicos y prejuicios, no hemos podido apreciar la sabiduría de las personas que había al frente de cualquier institución pública o privada, y por lo tanto hemos sido incapaces de aprender de aquellos que nos podían dar una verdadera «clase magistral».  Hombres y mujeres, con o sin estudios universitarios, pero abiertas a las ideas, con ganas de aprender y de enseñar, que de sus conocimientos han hecho experiencia y quieren transmitir estas experiencias a la sociedad donde viven.  Siempre ha habido gente sabia, pero no siempre la supimos ver ni valorar. Quien más quien menos puede haber tenido la suerte de tener uno cerca. Otra cosa es que hayamos sido capaces de valorar esta sabiduría, que hayamos hecho más o menos caso a los que nos estaban testimoniando, quizá porque no lo considerábamos bastante importante para nuestra vida, o porque había otras cosas que considerábamos en ese momento más sustanciales.

Esto significaría que no hemos sido buenos alumnos, es decir, no hemos sido capaces de discernir cuáles eran las personas que nos aportaban cosas importantes en nuestra vida y en la sociedad y cuáles eran las que no nos aportaban nada relevante y podíamos prescindir de sus aportes.

No hay duda que el progreso técnico y científico nos prepara para afrontar el futuro, pero lo que realmente sostiene nuestro mundo es la sabiduría acumulada a lo largo de toda la historia de la humanidad. Necesitamos de todas las herramientas posibles para afrontar los retos de presente y de futuro, pero hay que ejercerlas con sabiduría, es decir, utilizarlas para construir una sociedad donde vivamos con dignidad todos los seres humanos

 

[1] Raimon Panikkar: “Invitació a la Saviesa”. Columna, Barcelona 1997

Jordi Cussó