Leticia Soberón Mainero

EDITORIAL JUNY 2016 web res

Las democracias en el mundo, aún dentro de sus distintos grados de avance y estabilidad, están atravesando un momento de crisis muy visible. La corrupción que sale a la luz por todas partes debilita la fuerza del vínculo de confianza que ha sustentado hasta ahora a los sistemas democráticos.  Y el supuesto antídoto que están usando aspirantes a políticos -como Donald Trump- es el discurso populista: emotivo, cargado de lugares comunes y prejuicios y cómplice de las tendencias más primarias de la población, lo cual es peor que la enfermedad a la que pretende poner remedio.

Todo ello se expresa en unas campañas y unos “diálogos” entre candidatos que son casi caricaturas de un auténtico debate político. Aquí querría señalar algunas claves para deliberar con seriedad en cualquier otro foro público, y que a mi ver deberían enseñarse en las escuelas para elevar la calidad de la democracia en cualquier país.

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Josep M. Forcada Casanovas

2017 Gener redEl populismo no es un fenómeno nuevo, pero tal vez en el siglo que hemos dejado atrás y el actual se ha desarrollado con mayor claridad. Se habla mucho de ello. La definición de esta realidad es compleja. Podemos decir que es la expresión popular de un malestar social o político a partir de ingredientes demagógicos. Sus líderes son capaces de persuadir con grandes recursos psicológicos y hábilmente saben buscar aquellos temas que los ciudadanos sienten como una injusticia u otros temas que les gustaría que fueran tratados.

No es sólo una queja pública, bien orquestada, la que convoca a la ciudadanía a una respuesta. Acostumbra ser la voz de los que no tienen voz y que se aglutina para forzar cambios. Puede ser una realidad valorable de manera positiva, si se considera como un motor de cambio de status. Se ha de valorar cómo funcionan los populistas, es decir, el método que siguen, hacia dónde van –a parte de la mejora social– y dónde quieren llegar.

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