Los días 10 y 13 de febrero el Àmbit Maria Corral organizó un nuevo Espacio de Formación para tratar como «Pacificar el final de la vida» a cargo de Jordi Cussó.

Resaltó que: «Es importante vivir en paz en todo momento, a todos los niveles y pacificarnos lo antes posible, ya que cuanto más pacificados estemos hoy, más lo estaremos mañana. Según como pases el día de hoy, será tu mañana y tu final. Casi todo el mundo desea la paz, y si la desea es porque no la tiene.» Añadió que el final de la vida es una situación de impotencia y morir solos es lo que más nos asusta. Pero, «disfrutar de todo lo que he sido y lo que soy es la manera de pacificar el momento de la muerte. Dar vida es dar tiempo, no dar cosas, y dar tiempo pacífica».

«Si muero es porque he vivido. Morir es una acción más de la vida». No se puede cambiar el pasado pero se puede cambiar la actitud de como miro el pasado, y eso puede pacificar el final. Argumentó que la resignación, la culpa, el remordimiento, el resentimiento, además de una educación que no contempla la muerta, no pacifica. En cambio, la reconciliación y la liberación pacifican.

Los verbos que hay que conjugar cada día son: acoger, desplegar y replegar, cuidar y dejarse cuidar, agradecer y querer y dejarse querer.
«La manera como afrontamos la vida también condiciona la muerte y viceversa. Según como interpretamos la posible vida después de la muerte, condicionará la vida.»

El conferenciante interpeló con cuestiones humanas y cuotidianas que, aunque a menudo pueden pasar de largo, es importante prestarles atención en nuestra realidad.

Ámbito de Investigación y Difusión María Corral

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Camino llevando mi muerte a cuestas
como si fuera una maleta
o una medalla sobre el pecho
o un puñal muy dentro.

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A Antonio Calimeri, buen amigo,
es gozo, sabes bien, volver a verte.
¡Y en Phelps! (aunque la nieve nos alerte)
en vez de España cuando luzca el trigo.

Siempre seguro fue viajar contigo.
Pero en esta andadura sin moverte
que ahora emprendes camino de la muerte
con tanta vida, aún mejor te sigo.

Que al hallar esa Casa, amplia y sola,
–como encuentra la arena cada ola–
unes bien tu entusiasmo con tu calma.

Y así has logrado la alta maravilla
de conocer a fondo, milla a milla,
el Free way hacia Dios, quieta tu alma.

Alfredo Rubio de Castarlenas

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Redescubrir la vida, pero más profundamente. Y para ello las ciencias antropológicas se han dado cuenta de que deben trabajar interdisciplinarmente entre ellas y con las otras ciencias. Cada científico debe aprender los códigos de lenguaje que emplean los de otras ramas del saber, pues ¡cuántas veces las mismas palabras tienen significados diversos en una ciencia u otra!

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Alfredo Rubio de Castarlenas

¡Qué gran problema es el de tener hijos disminuidos! Los hay de muchos tipos: físicos, sin ninguna tara intelectual (como los espásticos, por ejemplo); los disminuidos mentales, o de voluntad débil; los rebeldes sin causa, etc.

Cuando unos padres tienen hijos fuertes e inteligentes, la sociedad se los disputa para que sean unos grandes deportistas o unos grandes técnicos o sabios, y se les ayuda de mil maneras (becas, universidades, etc.).

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Una reciente Cena Hora Europea ha seguido un vívido recuerdo y homenaje al ejemplarísimo Dr. Jordi Gol, que nos dejó hace poco, tan repentinamente. Se trató un tema muy entrañablemente suyo. Había escrito en un libro: «hoy no sabemos muy bien qué es ser médico mientras nos vamos volviendo estrictos técnicos y nos olvidamos del hombre». A él, le gustaba definirse «médico de personas».

Hoy está surgiendo el revival del “médico de familia” como un avezado y cordial director de orquesta de este concierto –o desconcierto– de tantos especialistas y especialidades. Se le pide que abarque totalmente al enfermo; que escuche, ausculte, su profundidad humana. Que sea a la vez preventólogo e intensificador de la misma salud; que conozca no sólo al paciente, sino también su entorno.

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Enterradme de pie.
Me dicen que habrá tanta gente
que faltará tierra a la tierra.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

1– Este ensayo de antropología filosófica desea ser fiel a su enunciado. Es decir, el esfuerzo de nuestra razón –y sólo nuestra razón– frente a ese ser que llamamos hombre o mujer. Al menos para tratar de percibir y ahondar, en lo posible, una parte de ese problema, la que nos parezca más importante o urgente. Intuimos que pretender abarcar todos los problemas que nos plantea esta realidad humana de modo exhaustivo es algo que supera nuestra razón que, por ser nuestra, es limitada como todo lo que me constituye.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Vi una escena harto escalofriante en una película. Del mundo sajón, por supuesto. Era una pandilla de motoristas encuerados (no desnudos, sino cubiertos de las negras pieles bien ceñidas de sus pantalones y chaquetones). Tenían un cierto aire de extraterrestres con sus grandes cascos encasquetados llenos de reflejos metálicos. Salían a correr, con sus motos, enfebrecidas carreras (¿será otra rara fiebre del sábado?) En una curva –a esas velocidades todas las curvas son peligrosas– uno de ellos perdió el control y saltó al vacío desde un alto acantilado. Los demás, de soslayo, vieron el «percance». Pero ni siquiera aminoraron la velocidad. Siguieron. ¿Para que iban a detenerse? Seguro que el estrellamiento contra las rocas del suelo, habría sido mortal. Y tenían prisa. Para llegar, aunque no fuera a ninguna parte concreta. Acaso sólo a cualquier sitio desde el que poder regresar. Y también cabría que se preguntaran: ¿por qué hay que volver? Y exactamente, ¿a dónde?

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Desde pequeños pensamos –nos han hecho pensar– que la muerte es algo extrínseco. Algo que algún día nos adviene y nos «asesina».

Algo que está simbolizado por un macabro esqueleto andante que empuña, aleve, una larga guadaña. Ya sabemos que esta representación es sólo una alegoría: que la muerte es un «enemigo» apocalíptico que, más bien invisible, se nos acerca como a traición para asestarnos su golpe mortal casi siempre atinado. Algunas veces –pocas– por habilidad nuestra o suerte, decimos de tal o cual lance que nos hemos «escapado» de la muerte. O sea que, a lo más, la vemos no como un mero símbolo, sino como algo que se ha «disfrazado» o «encarnado»: que se nos acerca con intención de toro acosante, en aquel camión que nos embiste o en aquella persona drogada que, navaja en mano, nos asalta al filo de la esquina para robarnos con impaciencia. En todos esos casos, la muerte, más o menos disimulada, siempre es llamada «la» muerte como si fuera, en efecto, un ente extrínseco, objetivo, dialéctico con «mi» vida. Un ente ajeno a mí y que –valga la paradoja– tiene vida propia por su cuenta. Pero como digo en el título de este artículo, la muerte no es «la» sino que la muerte somos nosotros.

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