Natàlia Plá Vidal

EDITORIAL ABRIL red

Ser analfabeto, hace unos años, era un concepto bien delimitado: no saber leer ni escribir. Y por cercanía, para designar el desconocimiento y carencia de manejo de alguna disciplina, materia o habilidad. La propia complejidad de la vida contemporánea ha hecho que se fuera ampliando su espectro. Con generalizada aceptación, se habla de analfabetismo funcional. Al compás del desarrollo de las últimas décadas, se acuñó el analfabetismo tecnológico y el digital. Menos consensuadamente, algunos autores hablan de analfabetismo cultural y moral. El analfabetismo emocional aparece al hilo del desarrollo de las inteligencias. Y aún sigue ampliándose el abanico con quienes últimamente aluden al analfabetismo económico. Seguro que saben de alguno más…

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David Martínez García

EDITORIAL-octu-2015red

Desde que el hombre tiene uso de razón, una de sus principales preocupaciones ha sido siempre cómo mejorar su calidad de vida y de qué manera afrontar su finitud. La religión y la filosofía han realizado importantes aportaciones a lo largo de la historia, tanto respecto a la inquietud trascendente de los individuos, como a la aceptación de las propias limitaciones.

Sin embargo, en este momento de nuestra historia, la evolución tecnológica que estamos viviendo puede empezar a cambiar, tanto el concepto de supervivencia, como la manera en que hayamos de afrontar nuestras limitaciones físicas a lo largo de nuestra vida cada vez más longeva.

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Jordi Cussó Porredón 

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Hace tiempo que constatamos que nuestra sociedad vive instalada en una queja permanente. Podríamos hacer una extensa lista de las continuas quejas que escuchamos en las tertulias radiofónicas, en las cartas al director de los periódicos, en las conversaciones familiares o en la cafetería con los amigos.

Pero por otro lado, todos constatamos que esta actitud de quejarse no soluciona los problemas. Señalar los defectos personales y sociales y quedarnos en esta postura, sólo consolida la propia impotencia. Pero parece como si eso no importase en demasía, porque pasan los días y lo seguimos haciendo como si tal cosa. Si quejarse es una actitud estéril, que no ayuda a mejorar las cosas, ¿por qué nuestra sociedad sigue instalada en una crítica fácil y desmedida? Porque en el fondo nos damos cuenta de que si nos quejamos continuamente de los demás, no es necesario que revisemos lo que hacemos nosotros, porque con la queja tapamos aquellas realidades de nosotros mismos que no nos gustan.

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