Jaume Aymar Ragolta

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En el semanario La Vanguardia del pasado 7 de febrero hay un reportaje que lleva por título “Tanco els ulls i torno a l’Ebre”. Su protagonista es Joaquim Oller Viladrosa, superviviente de la “quinta del biberón” que el 20 de octubre cumplirá 96 años. Cuando lo movilizaron tenia 17 años y seis meses. El autor del reportaje, Domingo Marchena, después de la conversación con Oller, describe con viveza: “el silvido de la metralladora, el vuelo bajo de los aviones, el picor de los piojos, grandes como granos de arroz, y la escasez de comida y la sed angustiosa, eran tan poderosas que a veces se sobreponían, incluso al miedo omnipresente. Miedo a que te mataran o de haber matado, de morir de tifus, que te confundieran con un desertor, que te fusilaran por derrotista, después de haber desertado”.

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Jordi Cussó Porredón

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El mundo vive momentos de incertidumbre y de mucha tensión, que originan manifestaciones y convulsiones sociales. En oriente y en occidente, por distintas razones, todo se mueve y no siempre de una manera pacífica, como todos desearíamos. Recuperando los apuntes de una conferencia que hace años impartió el profesor R. Panikkar y que llevaba por título: "Fundamentos de la democracia: fuerza y ​​debilidad", recopilo algunas anotaciones:

"Que todos somos iguales es un dogma débil. Somos diferentes y tenemos que encontrar un sistema de "la polis”, que tenga en cuenta la diferencia, y que no nos quiera igualar por la ley. Si hay una gran diferencia económica, no puede darse la democracia. Hay que pasar de una cultura de la guerra (sentido amplio) a una cultura de la Paz: un nuevo cultivo del espíritu humano que no se base en la competitividad, sino en la diversidad y el pluralismo, en el reconocimiento de nuestra contingencia, es decir, no tener una visión absoluta que pueda juzgar al otro. Sistemas de pensamiento que son incompatibles entre sí se necesitan entre sí, a pesar de que no se entiendan. No hay un esquema único, unitario y válido para todo el mundo. No podemos centralizar ninguna forma de poder, ni ninguna forma de vida".

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Tolstoi. Todos recordamos una de sus grandes novelas: «Guerra y Paz». Puede parecernos que la paz es lo opuesto a la guerra. La no-guerra.

Y no es exactamente así. Naturalmente que, cuando la gente está agotada por las luchas, sueñan, desean con toda el alma la paz, aunque sea alcanzada con algunas claudicaciones. ¡Todo antes que seguir matando y muriendo!

Sin embargo, la guerra es fuente de heroísmos, compañerismos profundos, de un vivir siempre alerta, en tensión; saboreando minuto a minuto el milagro de vivir y de ese esfuerzo e inventiva tan necesarios para solucionar en cada momento lo imprevisto.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

La guerra mundial que empezó en 1939, aún no ha terminado. Los vencedores y vencidos no han firmado «todos» un tratado de paz. Y, naturalmente, los que siguen vencidos por ahora tratan, por todos los medios, de llegar a vencer a su vez, un día. Y en esas estamos.

Han variado los escenarios de las batallas, los métodos y las armas. No los objetivos últimos ni las ideologías o los presupuestos fanáticos.

Se van deshaciendo y haciendo alianzas, pactos tácitos o estratégicas uniones para fines concretos y próximos.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Todos los que han pasado una guerra recuerdan con qué ansia deseaban la paz. Podía parecer, por ello, que guerra y paz eran cosas opuestas, y que la paz podía constituir el final de la guerra y a la vez un objetivo digno en sí mismo: ¿cómo no, si era tan anhelada? Hasta los mismos vencedores están, casi siempre, también cansados de la guerra. También desean su fin, acabar con tantos esfuerzos y propias sangrías; alcanzar, aún con una mediocre victoria, la misma paz.

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