Amar el saber para saber amar

Natàlia Plá Vidal

EDITORIAL NOVEMBRE 2016red

En esta era de la información en que navegamos, vamos tomando conciencia de sus aspectos menos gratos. Datos que nos inundan y nos abruman, novedades fugaces, continuos fogonazos en forma de titular. Recuperaba estos días una entrevista a Zygmunt Bauman de hace unos pocos años. En ella reconocía haberse dado cuenta de que el exceso de información era peor que la escasez que en su juventud había lamentado.

El mundo contemporáneo, deslumbrado por la cantidad, no atiende la importancia del conocimiento que implica la capacidad de manejar, digerir, administrar, relacionar, interpretar y, al fin, poder captar cuándo, cómo, por y para qué es realmente valioso un contenido.

Parece abrirse una distancia cada vez mayor —con riesgo de devenir insalvable— entre quienes se abandonan al ritmo vertiginoso del desarrollo técnico-científico y quienes se sienten tentados de apearse de un mundo que cada vez les resulta más ajeno. En medio, por fortuna, aquellos que acogen y potencian el desarrollo de las ciencias, las técnicas y los distintos saberes, pero apuestan por un manejo ponderado no ajeno a los aspectos éticos implicados.

Cada época ha de enfrentarse a sus propios retos, y en todas ellas emergen figuras que dejan pistas de cómo hacerlo satisfactoriamente. Es el caso de San Alberto Magno, figura insigne del medievo de quien toma el nombre la Universitas Albertiana. De sus actos y enseñanzas extraemos criterios plenamente vigentes a día de hoy y que iluminan el presente. No ha de menospreciarse ninguna fuente de conocimiento, antigua o novedosa. Ni personas, ni tradiciones, ni disciplinas. Fue el primero en ver la enorme aportación que suponían la ciencia y la filosofía greco-árabe para la teología cristiana, especialmente el pensamiento aristotélico. Su resistencia a dejarse llevar por los prejuicios indica humildad y sabiduría.

  • Respetar el estatuto, método y objeto de cada disciplina y su área de alcance. A Alberto Magno corresponde haber defendido los derechos de la razón humana sin caer en la absolutización que siglos más tarde traería la Modernidad. Además, con su concepción, rescató tanto para la teología como para la filosofía el lugar que a cada una corresponde, lo que redunda en bien de ambas. Estas eran sus contundentes palabras: «Hay algunos que, no sabiendo nada, quieren impugnar el uso de la filosofía […] sin que nadie se les oponga, blasfemando de lo que ignoran como bestias brutas».
  • Entender que la observación y el estudio son también expresión del ser contemplativo. Mirar, atender, escuchar, relacionar, para ir ampliando el conocimiento de la realidad. Claridad y distinción para calibrar y ordenar adecuadamente. Y en tanto que creyente, esto suponía la posibilidad de acercarse a Dios mediante el contacto con sus criaturas. Fue más que notable su contribución a los conocimientos de lo que hoy englobaríamos como ciencias naturales.
  • El buen maestro sabe respetar a cada quien, reconociendo su carácter y detectando su particular valía más allá de la apariencia. Según dicen, Tomás de Aquino era un alumno relativamente callado, por lo que sus compañeros le llamaban buey mudo. Alberto dijo: «Nosotros llamamos a este “buey mudo”, pero él dará tales mugidos con su doctrina, que resonarán en el mundo entero». Su fidelidad a la amistad y a la verdad le llevaron en 1277, siendo ya anciano, a desplazarse a París para defender las doctrinas de Santo Tomás que habían sido condenadas.

Desde la Edad Media, pues, nos llega una enseñanza atemporal: que el conocimiento es una expresión de amor. Es el aprecio por los seres, por la naturaleza, lo que nos alienta a atenderlos con respeto para intentar saber de ellos. Y aquello que aprendemos es lo que nos ayuda a poder cuidarlos mejor. Por eso, procede amar el conocimiento por lo que tiene de valioso en sí, sin buscar una rentabilidad inmediata. Porque lo relativo al amor adquiere valor en sí mismo.

Tal vez sea ese el criterio que puede ayudarnos a discernir qué hacer con tanto dato como hoy nos rodea. Lo valioso y lo que merece la pena aprender es aquello que contribuye a tratar mejor lo existente y procurarle un mejor vivir.

(Agradecemos a Moisés Pérez Marcos, OP, la documentación sobre San Alberto Magno.)

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