La pedagogía del amor

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Mar Galceran, Pedagoga

El término amor se ha convertido hoy en día en una de las palabras más usadas y, a la vez, también en aquella a la que se da interpretaciones muy dispares. Pero a pesar de los abusos del término o las discrepancias en las interpretaciones, lo cierto es que, a lo largo de la historia, el amor no ha dejado de ser una de las aspiraciones fundamentales del ser humano, hasta el punto de poder afirmar que la vida pierde sentido si no se tiene a alguien a quien amar o no se siente querido. El amor se convierte como la fuente de agua que sacia nuestra sed de vivir.

También en el ámbito de la pedagogía, desde la Grecia clásica, en la que la enseñanza quedó institucionalizado, hasta la actualidad, una multitud de corrientes y teorías pedagógicas han intentado desarrollar técnicas y métodos haciendo del amor una actitud, un talante, un estilo educativo para conducir los educandos hacia su plena humanización y realización personal.

Con todo, la tecnocracia, el mercantilismo y materialismo, la eficacia y el pragmatismo como valores fundamentales, así como el creciente individualismo, se convierten en una seria amenaza a la pedagogía del amor. Una pedagogía que toma la búsqueda del bien del otro, el despliegue de su máximo potencial humano, como orientación fundamental del proceso educativo.

Porque hay que tener presente que educar a las personas se hace sobre todo amando. El amor es el motor de la acción educativa y de la acción social. El amor entendido como una actitud de salida del yo, de uno mismo, para encontrarse con un tú. El amor es una actitud que nace del impulso de encuentro cariñosa, delicada, atenta, cálida, acogedora, comprensiva, tierna y respetuosa con el otro; en una relación de entrega y reciprocidad. Pero el amor es mucho más que un impulso empapado de sentimientos cariñosos o emociones más o menos intensas. A pesar de que parta de este impulso y la incluya, el amor es, fundamentalmente una tarea que implica tomar decisiones y realizar acciones buscando el bien del otro. El amor tiene, pues, una dimensión sensitiva y emotiva, pero también una dimensión racional y pragmática. Y, por ello, la pedagogía del amor implica también hacer programaciones, proyectos, buscar recursos, planificar estrategias de prevención y promoción, prever y organizar aquellas acciones que pueden ayudar a las personas a crecer y desarrollarse.

Desde esta perspectiva entendemos que una pedagogía del amor debería promover y desarrollar los ejes siguientes: El descubrimiento y promoción del potencial humano que habita en el corazón de cada persona. La pedagogía del amor descansa en la certeza de que toda persona tiene una dignidad, unos dones y unos talentos específicos que hay que ayudar a desarrollar y llevar a la máxima plenitud. Educar implicará, pues, creer y confiar en las posibilidades de realización y de plenitud que se esconden en las personas, despertar el don que cada uno tiene, poner una obsesión en sus caminos de vida. La pedagogía del amor implica ser capaz de descubrir las potencialidades de las personas allí donde aparentemente sólo se ven límites o dificultades. Para ello será necesaria una tarea de contemplación y discernimiento constante ante los deseos, inquietudes, intereses, habilidades, etc., de los educandos. Y, a la vez, una tarea de investigación, planificación y organización de todos aquellos factores, recursos y elementos que lo puedan hacer posible.

La creación de espacios y entornos de seguridad y confianza básica

La pedagogía del amor implica ser capaces de construir espacios y contextos donde se viva y se encarne el amor. Entornos donde las personas se sientan valoradas, apreciadas, potenciadas, reconocidas, cuidadas con ternura y respeto. Pasa por el establecimiento de vínculos interpersonales significativos entre las personas que les aporten la seguridad y la confianza necesaria para creer en ellos mismos y esforzarse en la consecución de sus sueños, de sus proyectos, de sus deseos. La pedagogía del amor supone establecer nidos de confortabilidad, de calidez humana, donde los gestos y las expresiones de afecto empapen las relaciones construyendo hogares emocionalmente significativas.

La autonomía y la libertad

Amar y acompañar el camino de crecimiento de las personas es también un don, una gracia y, como indica Steiner una vocación. Y hay que ser conscientes de que, al igual que el educador puede desempeñar un papel de mediador significativo y crucial en este proceso, también puede caer en el riesgo de generar relaciones de dependencia, dominio, control o posesión del educando. El amor verdadero, sin embargo, es gratuito, desprendido y profundamente respetuoso con el otro. Desde esta perspectiva, deberíamos situarnos como simples acompañantes capaces de mantenernos en la justa distancia, que ni invade, domina o abruma, ni ignora o se desentiende del otro.Como decía el pedagogo F. Deligny, educadores de presencia ligera, que son en su justa medida, de manera incondicional y que estimulan, apoyan y animan para que el otro pueda ser lo que él decida ser.

Finalmente señalaremos la corrección fraterna desde la misericordia y el perdón

Amar, buscar el bien del otro supondrá muchas veces ayudarle a tomar conciencia de aquellos caminos o comportamientos que no le ayudan o dificultan el desarrollo de todo su potencial humano. Amar al otro no significa consentirle todo. La corrección es, pues, un deber y una responsabilidad en este proceso de acompañamiento, que no puede imponerse por la fuerza ni ejercitarse con autoritarismo, sino que sólo con la dulzura del amor comprensivo y misericordioso pueden tener posibilidades de ser acogida tantas veces como haga falta. El amor no se cansa nunca de dar oportunidades.

Publicado en la Revista RE, número 82

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