Claves para el diálogo político en la democracia

Leticia Soberón Mainero

EDITORIAL JUNY 2016 web res

Las democracias en el mundo, aún dentro de sus distintos grados de avance y estabilidad, están atravesando un momento de crisis muy visible. La corrupción que sale a la luz por todas partes debilita la fuerza del vínculo de confianza que ha sustentado hasta ahora a los sistemas democráticos.  Y el supuesto antídoto que están usando aspirantes a políticos -como Donald Trump- es el discurso populista: emotivo, cargado de lugares comunes y prejuicios y cómplice de las tendencias más primarias de la población, lo cual es peor que la enfermedad a la que pretende poner remedio.

Todo ello se expresa en unas campañas y unos “diálogos” entre candidatos que son casi caricaturas de un auténtico debate político. Aquí querría señalar algunas claves para deliberar con seriedad en cualquier otro foro público, y que a mi ver deberían enseñarse en las escuelas para elevar la calidad de la democracia en cualquier país.

Asumir los límites de nuestra razón

Toda persona tiene límites en su posibilidad de entenderse a sí misma y al mundo que le rodea. En primer lugar, porque nuestra capacidad de comprender es en sí misma limitada. Luego porque físicamente estamos en un lugar, pertenecemos a una cultura, categorizamos el mundo en una lengua, con unas determinadas herramientas culturales y con unas rutinas de pensamiento de las cuales no somos conscientes. Eso provoca que todos tengamos áreas ciegas, aspectos de la realidad que no percibimos -ni siquiera cuando alguien nos las describe-, lo cual marca de manera drástica nuestra comprensión de lo que vivimos. 

Hay, además, otros sesgos de los que podemos ser más o menos conscientes. Por una parte, las creencias que solemos compartir con personas de nuestro entorno, ligadas a la historia común. Y, por otra, los sesgos individuales que resultan de nuestra historia personal, experiencias más o menos placenteras y elementos de juicio más o menos rudimentarios, que nos marcan en la interpretación de lo que sucede.

Por eso, si queremos ampliar nuestra visión de la realidad y responder a ella con más posibilidades de acertar, es indispensable escuchar cómo otros la ven, cómo la valoran desde otros ángulos y puntos de vista. Sabiendo, claro está, que ellos y ellas también están marcados por sus propias limitaciones.

 

Tener honradez intelectual

La honradez intelectual es la capacidad de reconocer el acierto y lo que haya de verdadero en las opiniones de otras personas, incluso aunque se les considere adversarios o pertenecientes a otros grupos ideológicos, raciales, religiosos o de cualquier tipo.

No hay deliberación posible si todos los participantes se consideran poseedores de la única y total visión de la realidad.

Por eso es indispensable la humildad de reconocer que uno aporta una parte de lo que se está considerando: una solución, una descripción del problema, una serie de ideas para proyectar algo juntos. Las personas cerradas en sus propias ideologías o creencias son incapaces de ver lo que de acertado, verdadero o razonable hay en los miembros de otros grupos, simplemente por el hecho de que no pertenecen al propio. Se dejan llevar por el prejuicio ante lo diverso, sin entrar en la consideración sincera de lo que están diciendo los demás.

La grandeza de las personas también se mide por su capacidad de ver las evidencias, aunque sean otros quienes las señalan; la capacidad de reconocer en otros la posibilidad de acertar y formular mejor que ellas mismas un argumento o algún aspecto de la realidad.

La honradez intelectual supone una forma muy alta de madurez humana: la humildad de la razón; la sencillez de aceptar que un individuo, por muy sabio o inteligente que sea, no posee la totalidad de la verdad ni puede abarcar por sí solo la complejidad del mundo que le rodea. Toda persona puede aportarle algo: un ángulo de visión, el énfasis en un aspecto que no había considerado, una sugerencia interesante.

La honradez intelectual puede -¡y debe!- convivir con una apasionada defensa del propio punto de vista y de las propias convicciones, pero dejando siempre espacio a considerar y a aquilatar lo que los demás aportan, para reconocer inmediatamente en ellos lo que haya de verdadero y acertado.

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