Las olimpiadas de los viejos

Alfredo Rubio de Castarlenas

Yo soy un ciudadano que soné gozosamente la bocina del coche que conducía, sumándome a tantos otros en toda la ciudad de Barcelona, aquel histórico mediodía del 17 de octubre en que fue designada nuestra capital para ser sede, en el 92, de los Juegos Olímpicos.

El deporte en limpia competitividad y en pleno vigor de la juventud, de hombres y mujeres, es un luminoso signo de la aceptación sin maniqueísmos de la globalidad de la persona humana –cuerpo, inteligencia y libertad–. Y puede ser un cauce ubérrimo para el mutuo conocimiento de los pueblos del mundo y de un futuro de mayor paz y fiesta.

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Hace poco un anciano que vivía –malvivía– solo, se cayó en su domicilio. ¡Casa donde había habitado feliz hace ya mucho tiempo con su mujer y sus hijos, hoy desaparecidos! No pudo levantarse del suelo y así estuvo arrastrándose casi tres días, hasta que la portera del edificio lo descubrió.

Fue llevado a un hospital. Ingresó en Urgencias. Cuando me lo comunicaron fui a verle. Había pasado unos breves días en este servicio y ya le daban de alta de sus contusiones y fisuras. Allí no había sitio para él. A cuestas con su fuerte dolor, y aún a 38 grados de fiebre, tenía que irse. Estorbaba. ¡Hay tantas urgencias quizá, sí, más graves y de gente más joven aún rentable para la sociedad...! Y no hay camas disponibles, tampoco adecuadas para él, en otras dependencias.

Lo retorné a su casa y entre todos los vecinos harán lo que podrán, movidos por la compasión, para atenderle y acaso acompañarle en el buen morir.

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La sociedad, las autoridades, proclaman su ayuda y entusiasmo para atender a los jóvenes. Propician su educación y formación: escuelas, universidades... Realizan esfuerzos para crear puestos de trabajo. Se fomenta también gloriosamente un fecundo ocio: parques deportivos, actos culturales sin fin. Y, expresión puntual de todo ello, serán los esplendorosos Juegos Olímpicos. ¡Muy bien! Lo aplaudimos.

Cabe, sin embargo, una pregunta. ¿Esta actuación de los gobernantes y de otros estamentos, es por amor «al ser humano» o sólo a «lo joven»?.En cuanto los jóvenes son herramientas de trabajo, altamente productivos y con larga prospectiva de consumidores; adornadores también del ambiente con su belleza fresca.

Seguro que ni las autoridades ni nadie dirán que les mueve este objetivo egoísta y explotador de aquellos que pueden ser con tanto provecho explotados. Todos afirmarán, por el contrario, que hablan por amor al ser humano, por el bien común. Perfecto. Pero así como para las operaciones matemáticas se inventaron unas «pruebas» para saber si se han realizado correctamente (por ejemplo, la del nueve por el nueve para las multiplicaciones y divisiones), ¿cuál sería la «prueba» para ratificar que la sociedad y las autoridades son sinceras al preocuparse con tanta polifonía de la juventud? La mejor prueba sería si, a la vez, los dirigentes y todos se ocupan aún con mayor solicitud y ternura y desde luego, con mayor gratitud y justicia de los ancianos, pues éstos sí que han dado su vida y trabajo, sufrimientos y abnegaciones, por el bien común de esa misma sociedad que les rodea y que, precisamente, por ellos existe.

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Olimpiadas y Juegos del 92. ¡Sí! Que sean magníficas, pero ojalá que para esas fechas, aún más magnánimamente, se haya desplegado la atención, el cuido, el amor para todos los viejos barceloneses. Si no, esas huéspedes competiciones deportivas serían una «operación de amor» mal hecha. Serían sólo una alaraca y una hipocresía.


Publicado en:
Crónica de la Vida de Esplugues, enero de 1987.
Catalunya Cristiana, enero de 1987.
Diario de Sabadell, febrero de 1987.
El Faro, marzo de 1987.
Hora Nova, marzo de 1987.
La Montaña de San José, marzo de 1987.
L’Olot, abril de 1987.
Revista de Badalona, abril de 1987.
Eco del Cidacos, julio de 1987.
Revista RE Nº 32

 

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