La poesía del vino

Alfredo Rubio de Castarlenas

Hay una histórica calle, de la vieja Barcelona, ahora afortunadamente peatonal, que se llama «Condal» porque bordeaba los jardines del Palacio del Conde Guifré el «Pilós» (el velloso). En ella me he cruzado con un hombre. Enjuto. Mirada penetrante, inquieta, algo irónica. ¿Quién es?

Ese hombre, a poco, entra en una tienda de fotocopias especializadas y fotografía. Es el dueño. Muy concurrida todo el día. Se ve que el personal trata amable y eficazmente a los clientes.

Pasad, lectores, conmigo a su despacho interior. Colgadas por las paredes, fotografías de más de dos metros de perímetro. Maravillosas. Técnica. Irisaciones de color. Contenido. Los paisajes y su aire, hechos poesía. Dignas de premio en cualquier concurso. Detrás de la tienda, tiene un patio, un jardín. En medio de las viejas y altas casas que lo rodean, crecen limoneros, laureles y flores. Incluso, pájaros. Es un jardín romántico. El mismo lo cuida y lo riega. Puede ser verdad que las plantas lo conocen.

Es hermoso ver un hombre de negocios mimar un arbolillo y entender el lenguaje de los jilgueros o impregnando de belleza la realidad que capta con su «Minolta».

Ahora sale. Cierra su tienda. ¿A dónde va? Él y los suyos todo el fin de semana se refugian en su Casa Pairal en Montbrió de la Marca, con sus antiguos lagares para el buen vino del Baix Camp. Pero ya no hacen vino, aunque tienen las bodegas bien surtidas de caldos añejos de las mejores marcas. Y han convertido la casa en un Museo del Vino.

Hoy en día, cuando visitamos las grandes productoras de vinos de renombre, nos encontramos con sistemas industrializados, laboratorios con personas de batas blancas, grandes depósitos como si fueran refinerías de petróleo para almacenar miles de hectolitros. ¿Dónde fueron a parar, dónde se cobijaron las poéticas presas de madera para la uva, dónde las alforjas para cargar los cestos de uvas con algunos pámpanos aún? ¿Y aquellos tubos de cristal, recios por su extremo para que se hundieran en las cubas y extraer las muestras de
vino, aquellos mazos de madera de sabina y aquellas ingenuas bombas de hierro para trasladar el mosto desde los lagares hasta las cubas? Y tantos otros mil utensilios hechos con amor por los sabios artesanos, que se necesitaban antaño en la elaboración del vino para que éste llegara como un regalo muy especial de la Creación, a nuestro porrón y a nuestras mesas.

Todo este legado de cultura, de técnica depurada durante siglos convertida en arte se puede encontrar en ese estuche de paredes blancas, de ocres vigas de madera que algunas son redondas pues son recios mástiles de veleros desguazados en el siglo pasado en el cercano pueblo de Cambrils. Museo que tiene el encanto de acuarelas y dibujos magníficos, fotografías entrañables; textos y firmas en su libro de oro de tantos visitantes emocionados. Un honor para ese museo: la firma, el texto y la fotografía del Honorable Presidente de la Generalitat de Catalunya, testimonio de su visita.

Hispano-americanos queridos, si algún día vais por esas tierras catalanas, buscad a este hombre por esa calle Condal de Barcelona. Decidle que os invite a visitar ese museo de sus manos y de su ilusión. Ciertamente, lo hará. Y hasta os invitará a comer una coca de «recapta» al viejo estilo, cuyo secreto guarda la hornería del lugar. Y os dará también un vaso de buen vino dulce de su Baix Camp.


Publicado en:
Revista RE, en su 2ª etapa, Nº 10, en mayo de 1990.

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