Jordi Cussó Porredón

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La mayoría de las personas nos consideramos pacíficas y, por lo tanto, nos manifestamos contrarias a la violencia y la rechazamos en todas y cada una de sus manifestaciones, ya sean físicas, psicológicas, morales, etc. En nuestros corazones albergamos el deseo de adoptar posturas dialogantes ante las diferencias y problemas que surgen con quienes nos rodean. Asimismo, a pesar de esta buena disposición, no siempre conseguimos entendernos ni solucionar muchas de las pequeñas diferencias que tenemos con quienes nos rodeas. Y uno se pregunta: ¿por qué la infructuosidad de nuestra esforzada actitud?

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Jordi Cussó Porredón

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Se ha hablado mucho de las actitudes pacifistas fundamentales en la no-violencia. El hombre que ha caracterizado esta postura ha sido Ghandi y su lucha no violenta, en la India. Otros hombres y mujeres de nuestro siglo, con su testimonio, y a menudo entregando la propia vida, han sido referentes de esta actitud no violenta. El movimiento pacifista ha sido uno de los granes hallazgos del siglo pasado y es vigente, más que nunca, en los tiempos que estamos viviendo.

Parece que el pacifismo sea contrario a la violencia, que sean dos términos incompatibles. Pero me parece que tenemos que recuperar la palabra violencia, ya que no podremos alcanzar la paz sin una cierta violencia. Con la violencia pasa algo parecido que con los conflictos. Violencia significa fuerza, energía, e igual que el término conflicto, es una realidad neutra, ni mala ni buena, es necesaria para la vida de cada día. Hacemos violencia cuando tenemos que salir del bagón del metro, todo el mundo entra y se nos puede pasar la parada. Cuando los padres hacen presión insistente para encontrar un lugar en la escuela para su hijo, que realmente lo necesita. Cuando hacemos huelga de hambre o cuando hacemos una acampada delante de un estamento oficial para reclamar más justicia.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Con el problema vivo aún en Chiapas nos damos cuenta que hay hogueras que no se apagan, como un mensaje trágico que acompaña a la historia de la humanidad, en el que se refleja la violencia entre las personas y los grupos.

Sin embargo, frente a estas manifestaciones de comunicación distorsionada, destructiva y arcaica, en la que el lenguaje de la coacción y la fuerza de las armas sustituye al de la concordia, han existido y existen, personas y grupos que están dispuestos a defender los valores de una convivencia pacífica, creadora y cons-tructiva por abismales que sean las diferencias de la sociedad.

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El Instituto de la paz en Asia estos dos últimos años ha estado investigando la violencia estructural que existe hacia las mujeres en estas sociedades con el objetivo de que seamos conscientes y sepamos erradicarla. Quizás, así, podamos aportar elementos para que la convivencia social sea mas armónica equitativa y se pueda dar un clima que fermente una mayor cultura de paz. Algunas conclusiones de este estudio fueron presentadas en el II Congreso Internacional Edificar la Paz en el siglo XXI de Colombia.

El patriarcalismo y el androcentrismo que subyacen en la mayoría de las culturas del este asiático son dos causas fundamentales de este tipo de violencia presente incluso en los países más desarrollados de este continente. Son dos elementos muy tradicionales que impiden el reconocimiento básico de la dignidad de las mujeres, por tanto, son un handicap importante a la hora de promover espacios de concienciación y desarrollo del empoderamiento de las mismas.

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