Alfredo Rubio de Castarlenas

Es un tópico –pero muy real– que, en gran medida, los benedictinos han contribuido a hacer Europa. Desde el siglo VII, este Continente se iba poblando de monasterios que luego, como avanzadillas, se desplegaban en forma de abanico hacia el Norte, desde Inglaterra a Polonia, llegando a los Países Escandinavos.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Dar cuerda al reloj, durante gran parte de mi existencia, ha sido un acto más de la peripecia vital cotidiana, como desayunar, vestirse, o tocar el timbre al ir a visitar a mis amigos.

Era un acto mecánico casi de mí mismo, el girar la manecilla del reloj de pulsera o, con aquella especie de llave chata de hueco cuadrado, almacenarle tiempo al reloj de pared de sonoras y solemnes campanadas.

Ya había pasado la época de los altos relojes de cajas muy bellas de los bisabuelos, que funcionaban a base de pesas. Estaban por los rincones –elegantes piezas de museo pero ya de herrumbrosa maquinaria– señalando siempre la misma hora, misteriosa por ser ya muy lejano el instante en que dejaron de funcionar.

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A veces no es la muerte lo que atenaza. Es su preludio: la enfermedad. Ésta es sin embargo nuestro báculo para caminar con paz enfebrecida hacia ella.

Monasterio de San Jerónimo de la Murtra. Mientras convalezco en la soledad, y el silencio.

Murtra, mirto,
qué cerca y qué lejos.
Como agua de manso río,
pasa el tiempo
más despacio, más sumiso.
El aire, el sol, los deseos
¡todos son más cristalinos!

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