Alfredo Rubio de Castarlenas

Cuando los europeos descubrimos que había tierras al otro lado del tenebroso Atlántico, se acabó la que peyorativamente se dio luego en llamar le Era Medieval y se inició lo que los historiadores –llenos de Renacimiento– denominaron la edad Moderna a pesar de que en muchos aspectos era un retorno a la antigüedad clásica. Pero, esa edad Moderna terminó con la Revolución Francesa y el fenómeno Napoleón y dio paso, a su vez, a una nueva época que engoladamente, hemos llamado Contemporánea. Como si después de nosotros ya
no fuera necesario inventar otros nombres para la Historia. Pero si grandes fueron aquellos acontecimientos de Colón, de Américo Vespucio y Juan Sebastián Elcano, no son menos grandes o más significativos aún y de mayores consecuencias, esa culminación técnica –y trágica– que representa la bomba atómica así como que el hombre pusiera tan felicísimamente su pie en la Luna.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Parece como si hoy, en la perplejidad de la recién estrenada postmodernidad, muchos hubieran tirado la “razón” a la cuneta, fiándose más de lo brumoso, esotérico, mágico o de astrologías. Ocurre así, incluso, en gobernantes conspicuos o yuppys que deciden hacer o no un negocio según aconseje su horóscopo, comprado en el kiosco de la esquina. Confusas sectas de todo tipo... El desborde de pasiones y sensibilidades... Y la razón es, sin embargo, una joya preciosísima que hay que rescatar.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

En el siglo XVIII, después incluso de siglos, se produjo la eclosión de la llamada “Ilustración”. Era ésta un salir por los fueros de la razón, frente a todos los oscurantismos, supersticiones, fundamentalismo y rémoras de falsas conclusiones de las ciencias hasta entonces, etc.

Todo este legado histórico había que filtrarlo por la lógica, la seria experimentación, y restantes instrumentos que la razón puede ofrecer.

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