Camino llevando mi muerte a cuestas
como si fuera una maleta
o una medalla sobre el pecho
o un puñal muy dentro.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Redescubrir la vida, pero más profundamente. Y para ello las ciencias antropológicas se han dado cuenta de que deben trabajar interdisciplinarmente entre ellas y con las otras ciencias. Cada científico debe aprender los códigos de lenguaje que emplean los de otras ramas del saber, pues ¡cuántas veces las mismas palabras tienen significados diversos en una ciencia u otra!

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Alfredo Rubio de Castarlenas

¡Qué gran problema es el de tener hijos disminuidos! Los hay de muchos tipos: físicos, sin ninguna tara intelectual (como los espásticos, por ejemplo); los disminuidos mentales, o de voluntad débil; los rebeldes sin causa, etc.

Cuando unos padres tienen hijos fuertes e inteligentes, la sociedad se los disputa para que sean unos grandes deportistas o unos grandes técnicos o sabios, y se les ayuda de mil maneras (becas, universidades, etc.).

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Una reciente Cena Hora Europea ha seguido un vívido recuerdo y homenaje al ejemplarísimo Dr. Jordi Gol, que nos dejó hace poco, tan repentinamente. Se trató un tema muy entrañablemente suyo. Había escrito en un libro: «hoy no sabemos muy bien qué es ser médico mientras nos vamos volviendo estrictos técnicos y nos olvidamos del hombre». A él, le gustaba definirse «médico de personas».

Hoy está surgiendo el revival del “médico de familia” como un avezado y cordial director de orquesta de este concierto –o desconcierto– de tantos especialistas y especialidades. Se le pide que abarque totalmente al enfermo; que escuche, ausculte, su profundidad humana. Que sea a la vez preventólogo e intensificador de la misma salud; que conozca no sólo al paciente, sino también su entorno.

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Enterradme de pie.
Me dicen que habrá tanta gente
que faltará tierra a la tierra.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

1– Este ensayo de antropología filosófica desea ser fiel a su enunciado. Es decir, el esfuerzo de nuestra razón –y sólo nuestra razón– frente a ese ser que llamamos hombre o mujer. Al menos para tratar de percibir y ahondar, en lo posible, una parte de ese problema, la que nos parezca más importante o urgente. Intuimos que pretender abarcar todos los problemas que nos plantea esta realidad humana de modo exhaustivo es algo que supera nuestra razón que, por ser nuestra, es limitada como todo lo que me constituye.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Vi una escena harto escalofriante en una película. Del mundo sajón, por supuesto. Era una pandilla de motoristas encuerados (no desnudos, sino cubiertos de las negras pieles bien ceñidas de sus pantalones y chaquetones). Tenían un cierto aire de extraterrestres con sus grandes cascos encasquetados llenos de reflejos metálicos. Salían a correr, con sus motos, enfebrecidas carreras (¿será otra rara fiebre del sábado?) En una curva –a esas velocidades todas las curvas son peligrosas– uno de ellos perdió el control y saltó al vacío desde un alto acantilado. Los demás, de soslayo, vieron el «percance». Pero ni siquiera aminoraron la velocidad. Siguieron. ¿Para que iban a detenerse? Seguro que el estrellamiento contra las rocas del suelo, habría sido mortal. Y tenían prisa. Para llegar, aunque no fuera a ninguna parte concreta. Acaso sólo a cualquier sitio desde el que poder regresar. Y también cabría que se preguntaran: ¿por qué hay que volver? Y exactamente, ¿a dónde?

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Desde pequeños pensamos –nos han hecho pensar– que la muerte es algo extrínseco. Algo que algún día nos adviene y nos «asesina».

Algo que está simbolizado por un macabro esqueleto andante que empuña, aleve, una larga guadaña. Ya sabemos que esta representación es sólo una alegoría: que la muerte es un «enemigo» apocalíptico que, más bien invisible, se nos acerca como a traición para asestarnos su golpe mortal casi siempre atinado. Algunas veces –pocas– por habilidad nuestra o suerte, decimos de tal o cual lance que nos hemos «escapado» de la muerte. O sea que, a lo más, la vemos no como un mero símbolo, sino como algo que se ha «disfrazado» o «encarnado»: que se nos acerca con intención de toro acosante, en aquel camión que nos embiste o en aquella persona drogada que, navaja en mano, nos asalta al filo de la esquina para robarnos con impaciencia. En todos esos casos, la muerte, más o menos disimulada, siempre es llamada «la» muerte como si fuera, en efecto, un ente extrínseco, objetivo, dialéctico con «mi» vida. Un ente ajeno a mí y que –valga la paradoja– tiene vida propia por su cuenta. Pero como digo en el título de este artículo, la muerte no es «la» sino que la muerte somos nosotros.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Las personas mayores –que ya han alcanzado la jubilación pero que se mantienen aún lúcidas– son conscientes de que han visto casi todo, lo han vivido y acumulado experiencias de toda índole: han amado –y también a veces odiado–; que han practicado el abanico de virtudes –y sus sombras, los vicios–; que han llegado a una cota de su vida de decantada sabiduría. ¡Ahora, gracias a todo ello, es cuando están más aptos para vivir y actuar en este mundo e incluso poder orientar y ayudar a los demás!

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Y yo, me moriré
y las grandes peras de agua
cada septiembre
irán llenado de maravilla
la boca de los niños. 

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