Alfredo Rubio de Castarlenas

Se viene hablando mucho del «Quinto Centenario» del mutuo encuentro con ese continente que luego llamaron América.

Las diversas ideologías, tantas veces enfrentadas entre sí, al igual que las múltiples políticas con variopintos intereses contrapuestos, quieren manipular esta conmemoración, desde sus puntos de vista y conveniencias.

Se comprende. Estamos en un mundo de rivalidades y luchas y por ello esos forcejeos son incluso previsibles. Pero ese histórico hito creo que es –por encima de las discusiones con los italianos sobre Colón, glorias ibéricas o lamentos y virtudes indigenistas– una gran fiesta de la Humanidad toda.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Esa sola palabra, ya de niños, ponía en alegría nuestra vida, ¡la fiesta!, sensación de que se acercaban unos ratos seguros de felicidad.

Se dice: es fiesta; vamos a una fiesta; ¡organizamos una fiesta!... Todo eso es, en efecto, una dimensión vital y constante de nuestra existencia. Lo afirman los psicólogos. Lo saben los sociólogos. Todas las religiones dicen también llevarnos a una festiva plenitud trascendental.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Tolstoi. Todos recordamos una de sus grandes novelas: «Guerra y Paz». Puede parecernos que la paz es lo opuesto a la guerra. La no-guerra.

Y no es exactamente así. Naturalmente que, cuando la gente está agotada por las luchas, sueñan, desean con toda el alma la paz, aunque sea alcanzada con algunas claudicaciones. ¡Todo antes que seguir matando y muriendo!

Sin embargo, la guerra es fuente de heroísmos, compañerismos profundos, de un vivir siempre alerta, en tensión; saboreando minuto a minuto el milagro de vivir y de ese esfuerzo e inventiva tan necesarios para solucionar en cada momento lo imprevisto.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Todos los que han pasado una guerra recuerdan con qué ansia deseaban la paz. Podía parecer, por ello, que guerra y paz eran cosas opuestas, y que la paz podía constituir el final de la guerra y a la vez un objetivo digno en sí mismo: ¿cómo no, si era tan anhelada? Hasta los mismos vencedores están, casi siempre, también cansados de la guerra. También desean su fin, acabar con tantos esfuerzos y propias sangrías; alcanzar, aún con una mediocre victoria, la misma paz.

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