Leticia Soberón Mainero

EDITORIAL JUNY 2016 web res

Las democracias en el mundo, aún dentro de sus distintos grados de avance y estabilidad, están atravesando un momento de crisis muy visible. La corrupción que sale a la luz por todas partes debilita la fuerza del vínculo de confianza que ha sustentado hasta ahora a los sistemas democráticos.  Y el supuesto antídoto que están usando aspirantes a políticos -como Donald Trump- es el discurso populista: emotivo, cargado de lugares comunes y prejuicios y cómplice de las tendencias más primarias de la población, lo cual es peor que la enfermedad a la que pretende poner remedio.

Todo ello se expresa en unas campañas y unos “diálogos” entre candidatos que son casi caricaturas de un auténtico debate político. Aquí querría señalar algunas claves para deliberar con seriedad en cualquier otro foro público, y que a mi ver deberían enseñarse en las escuelas para elevar la calidad de la democracia en cualquier país.

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Hijo de emigrantes en un pueblo remoto de El Caribe, gallego y asturiana, era motivo de alegría y curiosidad la visita de algún paisano llegado de España. Siempre mis padres preguntaban: ¿Cómo anda el clima en la península? La respuesta iniciaba con meteorología y terminaba en economía y política. ¡Y más interesante el “clima” a partir del 20 de noviembre del 1975! Desde América se oteaba a través del Atlántico a esa tierra lejana que denominaban Península. Los criollos, es decir, los nacidos en América, vivimos en un clima diferente al peninsular, y las comparaciones surgen de manera natural.

clima peninsula 1024x7682xCon la democracia, o la caída de las dictaduras, indudablemente la península fue vanguardia: Portugal (1974) y España (1975). México con su reforma política (1977), República Dominicana (1978) y Ecuador (1980) le siguieron. A partir de entonces, y durante los siguientes diez años, más cambios democráticos se operaron en América Latina, a ritmos y modalidades muy diversas. El liderazgo español y portugués de la Internacional Socialista fueron socios importantes en esos procesos, abriendo espacios políticos que anteriormente se consideraban de control exclusivo de la política exterior de los Estados Unidos. A partir de 1991 la alianza política entre América Latina y la Península Ibérica se consolidó con las Cumbres Iberoamericanas de Jefes de Estado y de Gobierno. Aunque muchos, con certeza, cuestionan su efectividad, su simple materialización es un símbolo de la unidad a través del Atlántico.

A nivel político la gran diferencia estriba en que el modelo político de la Península es parlamentario, mientras en América Latina el sistema es presidencial. Esa diferencia hace que la política latinoamericana es más lenta y centrada en la figura del gobernante. Un caso como el reciente voto de censura que provocó la caída del gobierno de Rajoy no es del todo comprensible para los ciudadanos latinoamericanos de a pie. Más de uno me ha preguntado cómo es posible que haya un nuevo presidente de otro partido sin que mediara elecciones. Los modelos presidenciales latinoamericanos, especialmente en los sistemas de balotaje en caso de que ningún obtenga la mitad más uno, generan mayorías absolutas que serían la envidia de muchos políticos europeos.

Con el caso español otro tema es visto desde América con una óptica muy particular. Las autonomías españolas son vistas a nivel americano en carne propia por la identificación regional que asumen la mayoría de los emigrantes. Lo común es que al presentarse se digan gallegos o catalanes, rara vez españoles. Y en casi todas las principales ciudades americanas hay clubes y restaurantes con fuerte identificación con las autonomías. Históricamente en Argentina y Cuba a todos los españoles se les denominaba “gallegos” por la impronta de dicha emigración desde inicios del siglo XX. Incluso el nacionalismo gallego y su lengua tienen en la Cuba de las primeras décadas del siglo pasado una de sus principales fuentes.

Si el nacionalismo gallego es percibido sobre todo como una apuesta cultural y no política, el caso Vasco, sobre todo con el accionar de ETA, encontró en mucho sectores latinoamericanos de izquierda posturas de solidaridad, aunque con la llegada de la democracia en España dicha actitud amainó al no considerar legítimo el uso del crimen como herramienta política. El caso catalán, más reciente, sí ha provocado debates intensos. Desde posturas nacionalistas en este lado del Atlántico se ha visto con simpatía el esfuerzo soberanista de esa región mediterránea, evocando de manera romántica las luchas independentistas del siglo XIX. En cambio el énfasis en la lengua catalana sí ha distanciado emocionalmente a mucha de la intelectualidad latinoamericana de ese proyecto. La lengua castellana es defendida como lengua de unidad entre los latinoamericanos y no como la lengua del “imperialismo” de Madrid. Barcelona es un gran referente como cuna del Boom Latinoamericano en la narrativa, tanto por el respaldo que le brindaron las editoriales de la capital catalana, como por el hecho de que la mayoría de sus más insignes representantes vivieron en la ciudad condal.

Un último factor relevante en esta ponderación es el hecho de que, fruto de las emigraciones latinoamericanas hacia España en las últimas décadas del siglo XX y la primera de este siglo, hay grandes núcleos de españoles de origen latinoamericano viviendo en la geografía peninsular y desarrollan sus propias síntesis entre ambos “climas”, como lo he definido en el título. Son los nuevos criollos, pero españoles, que espero en los próximos años establezcan un fructífero diálogo con los criollos latinoamericanos de origen español. Ambos grupos son los nudos de un tejido identitario entre la Península y América Latina que conocerá este siglo XXI.

Un mayor conocimiento mutuo entre las sociedades, los pueblos, las naciones, las autonomías y los criollos de ambos lados del Atlántico es un camino para la paz. Las diferencias deben ser riquezas y no obstáculos, vividas en democracia y solidaridad, abiertas al diálogo honesto y en la construcción de comunidades tolerantes y prósperas.

David Álvarez Martín

Publicado en la Revista RE

 

 

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Jordi Cussó Porredón

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La mayoría de las personas nos consideramos pacíficas y, por lo tanto, nos manifestamos contrarias a la violencia y la rechazamos en todas y cada una de sus manifestaciones, ya sean físicas, psicológicas, morales, etc. En nuestros corazones albergamos el deseo de adoptar posturas dialogantes ante las diferencias y problemas que surgen con quienes nos rodean. Asimismo, a pesar de esta buena disposición, no siempre conseguimos entendernos ni solucionar muchas de las pequeñas diferencias que tenemos con quienes nos rodeas. Y uno se pregunta: ¿por qué la infructuosidad de nuestra esforzada actitud?

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Si un niño naciera en la selva, fuera abandonado y por azar creciera cuidado por los animales como nos cuenta Kiplin, devendría una fiera más. Los sicólogos añaden que a los siete años de edad, sería ya irrecuperable como persona humana.

Si un náufrago se salva y sobrevive solo en una isla inhabitada, su temple se sostendrá a base de los recuerdos y de su cultura. Gracias a ellos podrá dialogar, al menos, consigo mismo como un Robinson Crusoe.

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David Martínez García

EDITORIAL ABRIL 2016 redLa velocidad con la que se producen los cambios, junto con la capacidad para poder compartir las experiencias a nivel planetario, está reduciendo de forma significativa el intervalo de tiempo que permite caracterizar a una nueva generación. Actualmente, una diferencia de entre 10 y 12 años entre dos personas, puede implicar cambios sustanciales en la manera de ver y entender el mundo. Asimismo, todos los cambios generacionales tienen una característica común, obligan a incorporar en el mapa de relaciones nuevas maneras de comunicarse y a hacer un esfuerzo de empatía para entender y ponerse en el lugar del otro; afectando, en definitiva, al diálogo intergeneracional.

La última generación categorizada es la que se denomina “Z” o “IGen”. Engloba a los jóvenes nacidos entre el 1995 y el 2010 que se caracterizan por haberse desarrollado en un hábitat plenamente internet. Ello los posiciona como individuos creativos, autodidactas y con una fuerte sobreexposición a la información.

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Jaume Aymar Ragolta

2018 05 Juny redA menudo, ante una crisis política se reivindica el diálogo. Pero este tiene sus condiciones. En primer lugar, para dialogar hay que estar dispuesto a escuchar. Y escuchar es más que oír. Escuchar significa hacerse cargo de las razones de nuestro interlocutor y dejarnos interrogar por ellas.

El diálogo no es sólo de palabras. Dialogamos también con la mirada. El lingüista Sebastià Serrano recuerda que la palabra humana puede tener 100.000 años, pero una mirada tiene millones de años, está cargada de fuerza y de elocuencia. Dialogamos también con el tono de voz, con las manos, con la proximidad, con los gestos, con la ternura.  Del mismo modo que en la música, los silencios tienen incluso más valor que las palabras, también en el diálogo los silencios son elocuentes. En la civilización occidental solemos esperar siempre una respuesta inmediata. En otras civilizaciones no es así. A veces la respuesta se hace esperar unos minutos. Otras mucho más tiempo.  Decía Ignacio de Loyola que la palabra es de plata, pero el silencio es de oro.

Por otra parte, creemos que “hablando se entiende la gente” y es evidente que esto no es una verdad absoluta. Al menos no siempre es así. A veces confundimos el diálogo con una yuxtaposición de argumentos y olvidamos que una cosa es entender y otra más profunda es comprender. Cuando la gente se ama, se entiende y se comprende. Y toda persona es digna de amor por el solo hecho de existir.

El diálogo político, para ser auténtico, pide negociación y la negociación implica renuncia. Si nos hacemos cargo de estos parámetros, entonces el diálogo podrá ser de verdad fecundo.

Nuestros diálogos demandan un salto cualitativo. Si no son sólo caricaturas o puestas en escena vacuas.

 

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Leticia Soberón

personal 3285992 1920Aunque pueda sorprender, la inteligencia de los grupos no está garantizada por el coeficiente intelectual de cada individuo, aunque éste pueda llegar a ser, por supuesto, un factor muy aprovechable. La inteligencia de los grupos se basa sobre todo en sus dinámicas internas, en el modo como interactúan las personas.

De hecho, no es raro ver a personas muy inteligentes relacionándose con dinámicas tan tontas, que terminan actuando en contra de sus propias necesidades y objetivos comunes. ¡Y haciéndose daño a sí mismos! Esto se puede dar tanto en las familias, como en las instituciones (empresas, centros docentes, administración pública, asociaciones…) y, por supuesto, en la esfera política. Y también vemos a personas que quizá no sean tan brillantes, pero que con las dinámicas adecuadas, salen adelante y generan un beneficio para todos los que conforman ese grupo e incluso para la comunidad más amplia.

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