Jaume Aymar Ragolta

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En el semanario La Vanguardia del pasado 7 de febrero hay un reportaje que lleva por título “Tanco els ulls i torno a l’Ebre”. Su protagonista es Joaquim Oller Viladrosa, superviviente de la “quinta del biberón” que el 20 de octubre cumplirá 96 años. Cuando lo movilizaron tenia 17 años y seis meses. El autor del reportaje, Domingo Marchena, después de la conversación con Oller, describe con viveza: “el silvido de la metralladora, el vuelo bajo de los aviones, el picor de los piojos, grandes como granos de arroz, y la escasez de comida y la sed angustiosa, eran tan poderosas que a veces se sobreponían, incluso al miedo omnipresente. Miedo a que te mataran o de haber matado, de morir de tifus, que te confundieran con un desertor, que te fusilaran por derrotista, después de haber desertado”.

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Habitat-y-Caseidad-julio-redDesde las primeras guaridas y cuevas, hasta las creaciones más modernas de casa que hoy conocemos, incluso sean estas diseñadas, elegidas o impuestas, al habitarlas su estilo nos configura, nos invita a una forma de convivir.  Con la ayuda de la arquitectura y la decoración le vamos dando un sello. Se reconocen nuestros gustos. Una buena distribución nos ayuda a mejor los espacios y la convivencia.

Para este segundo encuentro del Área de Hábitat y Caseidad, realizado el 31 de Julio de 2015, se invitó al arquitecto y profesor de la Universidad de Santiago, Carlos Muños Parra, quien nos fue mostrando que desde siempre el hombre ha necesitado de cobijo y protección. A través de este encuentro más reflexivo, fuimos comprendiendo la distribución de nuestros propios espacios, en los que muchas veces priorizamos objetos más bien desde lo estético por sobre lo útil o lógico, etc.

Carlos nos ayudó a valorar la importancia y evolución de la arquitectura: “desde los primeros tiempos el hombre ha ido al supermercado de la vida, de la naturaleza, en busca de elementos que lo ayuden a mejorar su calidad de vida, su confort, gracias a su capacidad de adaptación, de ser adaptables. Es a partir de esta evolución que se pueden rescatar 5 aspectos, lo útil, lo lógico, lo estético, lo social y lo cultural”.

Así, según estos aspectos, nos fuimos de viaje. Un paseo del recuerdo, por nuestras propias viviendas: la casa de nuestra infancia, los espacios más queridos. Elementos que sin lugar a dudas nos ayudan hoy a mirar nuestra propia caseidad. Habitar es pues, una construcción con todo lo hablado y lo vivido, tarea nada de pensada, pero que si nos ponemos a remirar nos sorprenderemos. 

Aquí les dejamos algunas ideas principales

Lo útil: cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. No siempre organizamos nuestros espacios según su utilidad, dependerá de las prioridades, las preguntas que nos ayudan aquí son: ¿Para qué? ¿Para quienes? Lo que se haga mientras más apegado a la función que ocupa, más útil.

Lo lógico: no sólo como referencia a los materiales, sino a la función, su forma y destino. Aunque no siempre tenemos objetos o cosas según la lógica.

Lo estético: mirando nuestros espacios muchos objetos que tenemos en nuestro hogar están desde este aspecto, es decir desde lo que más nos agrada, sea o no útil o lógico, es bello.

Lo social: espacios con historia, que nos llenan de sentido el hoy, el porqué de ciertos objetos que aun conservamos, donde vivimos. Recuerdos, apegados a nuestra naturaleza social.

Lo cultural: en la distribución de los espacios se ve claramente nuestra cultura. Algunas sociedades privilegian la cocina, como lugar de encuentro familiar, otros cuentan en sus casas con espacios para la expresión espiritual de los habitantes, etc.

 

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Jaume Aymar Ragolta

EDITORIAL juliol 2016 red

Desde la Ilustración, la razón ha regido todo el sistema de enseñanza. Se ha tratado ante todo de formar seres racionales, ilustrados. Las directrices del racionalismo han marcado los planes de estudios desde la infancia hasta la Universidad. Las asignaturas troncales de los centros se mueven por objetivos, indicativos, evidencias. Y, en mayor o menor grado, se ha caído en un racionalismo empequeñecedor. Si es cierto que “el sueño de la Razón produce monstruos”, es decir, que cuando el ser humano deja de razonar se expone a toda perversión, también la sola razón omnipresente, relega la sensibilidad y mutila el potencial creativo del que todo ser humano dispone. Es cierto que progresivamente se ha ido introduciendo en la enseñanza una formación de la sensibilidad y la belleza. Pero siempre en tono menor, en forma de asignaturas optativas o actividades complementarias: la estética casi como un adorno.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Hoy por la mañana, en este mes plenamente primaveral, al abrir el balcón uno siente que el cielo azul y ya iluminado, se le entra por los ojos y hasta el fondo del alma. No hace frío, tampoco calor; sólo un fresco agradable que vivifica. Y una bandada de primeras golondrinas rasga, como pequeñas tijeras, esa seda azul. Uno respira, y reinventando a ese poeta de la generación de los cincuenta, exclama levantando los brazos: ¡Cuánto Abril! No recuerdo de qué poeta se trataba: ¿Angel Valente, Bousoño? Me lo recitó un día por la calle, el periodista y musicólogo Federico Sopeña. Le bastó decir muy poco: dos palabras. Sin embargo, este es un verso lleno de plenitud, más breve aun que los «haí-kaí» de la poesía japonesa.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

La verdadera poesía, nunca es terrorífica. Es intuido mensaje de belleza.

Literatura espeluznante es, en cambio, la de Edgar Alan Poe por citar un ejemplo. Este autor escribía bien, pero su nombre de familia se quedó a medio camino. Le falta una sílaba para llegar al esplendor de la esperanza y la poesía. ¡Ah, si se hubiera llamado poe-ta!

Los poetas penetran por los resquicios luminosos de la realidad, aunque ésta sea oscura. Saben de las sutilezas del Espíritu que tiende a la felicidad con la posesión del bien. Saben de los resplandores ocultos y tiernos de las cosas.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Si un niño naciera en la selva, fuera abandonado y por azar creciera cuidado por los animales como nos cuenta Kiplin, devendría una fiera más. Los sicólogos añaden que a los siete años de edad, sería ya irrecuperable como persona humana.

Si un náufrago se salva y sobrevive solo en una isla inhabitada, su temple se sostendrá a base de los recuerdos y de su cultura. Gracias a ellos podrá dialogar, al menos, consigo mismo como un Robinson Crusoe.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

La gente puede creer que si la humanidad no tuviera que ir vestida, ya sea por falta de frío o de calor, ya sea por una educación más natural como pasa en tantos pueblos de África y del mundo, no existiría la «moda». ¡Y ya lo creo que existiría! El ser humano, antes que el vestido, inventó el arte y la ornamentación por una sencilla razón estética y de jactancia.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

El tema de esta Cena queda justificado por muchos motivos:

- ¡La juventud oye música! y los jóvenes son el futuro. Hasta por las calles circulan, con sus walkmans. Unos escuchan música moderna, modernísima, pero también recuerdo cómo llenan, por ejemplo, el maravilloso recinto gótico del Hospital de la Santa Cruz en noches de verano al aire libre para aplaudir a intérpretes excelentes de música clásica. Las Juventudes Musicales... Cómo llena nuestro Palau de la Música.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Hay una histórica calle, de la vieja Barcelona, ahora afortunadamente peatonal, que se llama «Condal» porque bordeaba los jardines del Palacio del Conde Guifré el «Pilós» (el velloso). En ella me he cruzado con un hombre. Enjuto. Mirada penetrante, inquieta, algo irónica. ¿Quién es?

Ese hombre, a poco, entra en una tienda de fotocopias especializadas y fotografía. Es el dueño. Muy concurrida todo el día. Se ve que el personal trata amable y eficazmente a los clientes.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Dar cuerda al reloj, durante gran parte de mi existencia, ha sido un acto más de la peripecia vital cotidiana, como desayunar, vestirse, o tocar el timbre al ir a visitar a mis amigos.

Era un acto mecánico casi de mí mismo, el girar la manecilla del reloj de pulsera o, con aquella especie de llave chata de hueco cuadrado, almacenarle tiempo al reloj de pared de sonoras y solemnes campanadas.

Ya había pasado la época de los altos relojes de cajas muy bellas de los bisabuelos, que funcionaban a base de pesas. Estaban por los rincones –elegantes piezas de museo pero ya de herrumbrosa maquinaria– señalando siempre la misma hora, misteriosa por ser ya muy lejano el instante en que dejaron de funcionar.

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