Alfredo Rubio de Castarlenas

Hoy día muchas personas lamentan la ausencia de razones para tener esperanza. Y sin embargo casi todo el mundo quiere tenerla.

La persona humana siente hambre y sed de esperanza, pero muchas veces este anhelo es difuso y también, desgraciadamente, oscuro. A pesar de todo, por muy desesperado que uno esté, no renunciaría nunca a tenerla aunque no supiera bien en qué ni en quién.

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AmorEl itinerario del cristiano es un itinerario que va de la alegría al gozo. Parte de la alegría de saber que el Verbo se ha hecho carne de nuestra carne, nos ha liberado de la esclavitud del egoísmo, nos ha redimido, para llegar al gozo de encontrar a Cristo y vivir configurados con él, ¡Cristo es nuestra fiesta! Pero entre el anuncio de la buena nueva de la redención de Cristo –la alegría– y el vivir resucitados en él –el gozo– hay un calvario también para nosotros: morir a uno mismo. El abandono total en manos de Dios.

La meta última de la madurez cristiana es dejar de seguir a Cristo para convertirnos en otros cristos en la tierra. Y esto también incluye la resurrección. Porque la resurrección no es sólo algo que puede acontecer con nuestra muerte física, sino que también es un modo de vivir nuestra vida mortal, plenos de la gracia de Dios, «muertos al pecado, pero vivos para Dios en Jesucristo» (Rom 6,11). Como otros cristos, nos presentamos a los demás en las diversas relaciones de la comunidad cristiana. Cuando esto se da, vivimos ya el reino que Cristo vino a instaurar, vivimos en fiesta.

Para el cristiano que ha recorrido este itinerario de morir y resucitar con Cristo, su mapa, su carta de navegación son los que Cristo da una vez resucitado. De ahí que la Andadura Pascual (*1) es donde mejor encontramos el camino a seguir, el mapa para el obrar.

Hacer de nuestra vida una oblación por amor, es instalarse en el gozo de vivir resucitados en Cristo. Y esta es la estructura más interna de la fiesta, que queda condensada en la sentencia de San Juan Crisóstomo: Ubi caritas gaudet, ibi est festivitas.

La esencia de la fiesta es: ser-para-los-demás, como Cristo lo fue para la humanidad. Y todos y cada uno de los hombres estamos invitados a gozar la fiesta y la alegría de vivir en Dios. Pero en la espiritualidad y la praxis cristiana este ser-para-los-demás, se ha identificado casi exclusivamente con el rostro doliente de Jesús clavado en cruz, separándolo en no pocas ocasiones, del talante del Resucitado. Evangelizar la fiesta, el placer y la alegría en el mundo de hoy, no es menos importante que evangelizar el dolor. La resurrección de Cristo es la máxima afirmación de que el fin de la vida no es el sufrimiento y la renuncia, sino la alegría y el gozo.

El fin último del cristiano no es la cruz, sino la resurrección, el gozo, la fiesta. La cruz es la prueba, pero no el fin. Que mataran a Jesús clavándolo en una cruz, no tiene nada de novedad. De hecho, en su época fueron muchos los que murieron así. Y a lo largo de la historia, muchos otros han muerto de manera más cruel y con más sufrimiento. Cuántos mártires hubo y sigue habiendo que dan su vida por ideales muy dignos y legítimos.

El centro de gravedad del mensaje de Cristo, no está en su muer­te –que es una prueba de la autenticidad de lo que decía– sino en lo que decía e hizo. Lo específico –si pudiera resumirse de algún modo– es el “ágape de caridad”, que tan bien está reflejado en el relato joánico de la última cena.

La mejor manera de mejorar el mundo es amar como Dios nos ama». Cuando esto pasa del yo –que amo– al nosotros –que nos amamos–, ¡es fiesta! Esta es la evangelización por excelencia, la acción más eficaz, y el espectáculo más atrayente y redentor que podemos dar los cristianos al mundo «Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán que sois discípulos míos» (Jn 13,35).

(*1) RUBIO, Alfredo. Andadura Pascual. Camino de Alegría. Barcelona: Edimurtra, 1990.

El Pliego, núm. 97, 2017

 

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Todos conocemos a alguna mujer que se llama María Dolores, o simplemente Dolores o, cariñosamente Lola, Lolita...

Llevan este nombre naturalmente, en honor de la Virgen Dolorosa. Todos los fieles recordamos también, alguna imagen de María al pie de la Cruz con su corazón traspasado de todos sus sufrimientos, al ver a su Hijo clavado en el Madero. O sentada, teniendo a Cristo ya descendido, yerto en su regazo. Es inolvidable la «Pieta» de Miguel Ángel que se admira y venera en la Basílica Vaticana. 

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Rosarito: seria, ejemplar,
que tanto quieres a tus padres.
Pastorela de tus hermanos
y de amigas en vuestras clases.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Los animales que pueden cantar, ¡cantan! No hay ninguno que pudiéndolo hacer no lo haga algunas, muchas veces. Si pasa por algunos momentos de miedo, de sentirse perseguido, puede ser que calle no sólo por angustia sino incluso por defensa, para no delatarse. Pero eso son situaciones extraordinarias. En su ambiente, en su hábitat, encuentra muchos tiempos propicios para expandir su voz melodiosa, al menos, lo es para sus congéneres, y proclamar así su deseo de compañía, de amor o, simplemente, su gozo de existir o sus tristezas cotidianas.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Cada año, afortunadamente, después de bregar todos en la vida durante meses, hay una Pascua.

Vano sería nuestro cristianismo –como dice San Pablo– si Cristo no hubiera resucitado. ¡Pero resucitó! Y está gloriosamente presente entre nosotros para siempre.

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