Alfredo Rubio de Castarlenas

Vi una escena harto escalofriante en una película. Del mundo sajón, por supuesto. Era una pandilla de motoristas encuerados (no desnudos, sino cubiertos de las negras pieles bien ceñidas de sus pantalones y chaquetones). Tenían un cierto aire de extraterrestres con sus grandes cascos encasquetados llenos de reflejos metálicos. Salían a correr, con sus motos, enfebrecidas carreras (¿será otra rara fiebre del sábado?) En una curva –a esas velocidades todas las curvas son peligrosas– uno de ellos perdió el control y saltó al vacío desde un alto acantilado. Los demás, de soslayo, vieron el «percance». Pero ni siquiera aminoraron la velocidad. Siguieron. ¿Para que iban a detenerse? Seguro que el estrellamiento contra las rocas del suelo, habría sido mortal. Y tenían prisa. Para llegar, aunque no fuera a ninguna parte concreta. Acaso sólo a cualquier sitio desde el que poder regresar. Y también cabría que se preguntaran: ¿por qué hay que volver? Y exactamente, ¿a dónde?

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Jordi Cussó Porredón 

EDITORIAL-JUNY-OKred

Hace tiempo que constatamos que nuestra sociedad vive instalada en una queja permanente. Podríamos hacer una extensa lista de las continuas quejas que escuchamos en las tertulias radiofónicas, en las cartas al director de los periódicos, en las conversaciones familiares o en la cafetería con los amigos.

Pero por otro lado, todos constatamos que esta actitud de quejarse no soluciona los problemas. Señalar los defectos personales y sociales y quedarnos en esta postura, sólo consolida la propia impotencia. Pero parece como si eso no importase en demasía, porque pasan los días y lo seguimos haciendo como si tal cosa. Si quejarse es una actitud estéril, que no ayuda a mejorar las cosas, ¿por qué nuestra sociedad sigue instalada en una crítica fácil y desmedida? Porque en el fondo nos damos cuenta de que si nos quejamos continuamente de los demás, no es necesario que revisemos lo que hacemos nosotros, porque con la queja tapamos aquellas realidades de nosotros mismos que no nos gustan.

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Gracias por existir“Si la historia hubiera sido distinta…” Muchas veces nos decimos esto. Y completamos con frases como “otro gallo nos cantara”. El caso es que, como suele decirse, el “hubiera” no existe, sirve para imaginar otros escenarios posibles que nos regalarían presentes diferentes.

Existe el ahora, el somos lo que somos y como somos. Existe un solo presente.

La historia es siempre una recapitulación de hechos, a partir de unas fuentes, que se hace en presente. Siempre es una mirada hacia el pasado, pero con raíces en el ahora.

(Claro está que podemos estudiar cómo concebían su historia y su presente, personas del  pasado. Y esto sirve para contemplar que los seres humanos accedemos al pasado desde nuestro propio presente).

Una de las características de la arquitectura gótica son sus bóvedas. Son cuatripartitas y muchas de ellas concentran sus fuerzas en un elemento central llamado “clave de bóveda”. Es un elemento clave, como su nombre dice. Por su etimología, clave es una palabra emparentada con llave, claustro, clausura… palabras que aluden a lo que cierra. La clave de bóveda concentra o encierra la fuerza de la bóveda.

Pero las claves de bóveda también cumplen otra función. Muchas de ellas son trabajadas escultóricamente para dar mensajes. Ya sea un escudo, una escena o la imagen de un personaje con ciertos valores. Todos estos motivos también se convierten en claves o mensajes que encierran y a la vez abren la comprensión hacia otras lecturas.

Este paseo por el gótico nos sirve para contemplar que en el presente también hay claves que nos abren la comprensión del pasado. Dichas claves están ahí, colgando ante nuestros ojos. Encierran o concentran las fuerzas del devenir y en ellas se han ido esculpiendo, con el tiempo, las iconas o imágenes que condensan los acontecimientos sucedidos.

Hay que pasearse por el presente con ojos atónitos. Contemplar los acontecimientos, leerlos pausadamente. En ocasiones releerlos varias veces, como cuando nos enfrentamos a un autor nuevo y se nos escapan algunos de sus conceptos. Recurrir a diccionarios o voces expertas en la materia para entender el sentido de las cosas.

Se nos dice muchas veces que hay que entender el pasado, conocerlo, para comprender el presente. Propongo el ejercicio inverso. Leamos el presente, descubramos en él las claves que nos remonten al pasado. Como cuando vamos quitando capas de cebolla, lo hacemos de afuera hacia adentro. Al revés es imposible.

Mirémonos en el espejo, personalmente y colectivamente. Debajo de cada rasgo actual, hay uno anterior que lo ha hecho posible. A cada característica de nuestro presente le ha precedido otra concreta, sin la cual no existiría.

Somos seres concretos, fruto de un pasado también concreto sin el cual no existiríamos. Tener esta conciencia de progresión nos arraiga fuertemente al presente y nos hace aceptarlo tal como es, aceptando consecuentemente el pasado que lo ha hecho posible. Solo tenemos un presente: el que estamos viviendo. Y sobre él sí que podemos incidir. Esto es la base de la libertad.

 Revista RE, Septiembre de 2017

Ámbito de Historia

 

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