Cuidando a nuestros mayores

Por Mari Carmen Aranda

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Hace 25 años que sentí la necesidad de cambiar la que era mi profesión por una en la que pudiera ayudar a las personas. Para eso, me formé como “trabajadora familiar” dedicándome al cuidado de personas mayores dependientes (en diferentes grados) en sus domicilios.

Pensaba en todo lo que yo podría aportar a esos ancianos que necesitaban ayuda, ya fuera para la higiene, vestirse, salir a pasear, hacer la compra y la comida, o simplemente dar compañía y conversación. Lo que no podía ni imaginar era que la experiencia que iba a vivir con cada uno de ellos iba a ser altamente enriquecedora a nivel personal… ¡He aprendido tanto de ellos!

Al principio, hacía varios domicilios en un mismo día (un par de horas con cada uno de ellos) y cada mañana hacía el recorrido por todos. De esa época tengo bonitos recuerdos con cada uno de ellos.

Cuando empezaba un nuevo domicilio, procuraba siempre ser muy respetuosa y dejaba que fuera el anciano quien marcara el ritmo de cada día, ya que yo no dejaba de ser una extraña en su casa. A pesar de eso, siempre me hicieron sentir como en mi propio hogar. Y es que agradecían enormemente la compañía que se les daba, porque todos tenían en común un gran sentimiento de soledad (algo que siempre me impactó mucho, me afectaba…). Todavía recuerdo a una señora que todos los días apretaba el botón tele-alarma, poniendo como excusa que creía que no funcionaba correctamente. En realidad, lo único que quería era hablar un rato con alguien.

Al tiempo de trabajar con ancianos, me surgió la oportunidad de cuidar un matrimonio toda la mañana, y decidí dedicarme exclusivamente a ellos dos. El señor tenía una dependencia total para todas las actividades de la vida diaria (requería silla de ruedas) y su señora lo había cuidado siempre, pero debido a su edad, necesitaba que alguien le echara una mano.

Entrar en aquella casa fue como hacer un curso acelerado de valores humanos. Ella, con su actitud, me enseñó qué significaba tener paciencia y respeto… Los que ella tenía con su marido a diario. Allí recibí yo más de lo que les pude dar, aprendí mucho, sobre todo el significado de vivir con ilusión cada día. Gracias Sra. Margarita y Sr. Ramón.

Todas las experiencias que viví hicieron que el día que mis padres se hicieron mayores y necesitaron ayuda, decidiera sin duda alguna que yo sería quien cuidara de ellos. Así fue que dejé mi trabajo “remunerado” para dedicarme por completo a mis padres.

No fue una tarea fácil, ya que muchos días requería dedicación a tiempo completo y eso implicó en muchas ocasiones tener que aparcar mi vida personal. Pero cada momento que pasé con ellos valió enormemente la pena.

Mis padres me dieron la vida, me han enseñado a caminar, a querer, a amar, a confiar, a respetar, a cuidar del otro. Me enseñaron a ser paciente y dejarse cuidar. Me enseñaron algo nuevo cada segundo que pasé con ellos, hasta el mismo momento de su muerte y para mí han sido siempre un ejemplo de vida a seguir.

Mientras los acompañaba en el final de sus vidas, ellos me acompañaban a mí, hasta las puertas de mi vejez, mostrándome cada día cómo envejecer con ilusión. Así que, ¿quién ha acompañado a quién?

Ha sido un hermoso regalo poder cuidar de ellos hasta el final y pasar de hija cuidada a hija cuidadora. Porque el cuidado de nuestros mayores nos da mucho más de lo que podemos imaginar.

Revista RE, Agosto 2017

 

 

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