Alfredo Rubio de Castarlenas


El espejo era un adminículo más para afeitarme, como la máquina eléctrica o la loción «after-shave».

Pero hoy me fijé en mis ojos. Me miré como cuando uno mira a los ojos de otra persona, poniendo en esta mirada el alma y estableciéndose con «ese otro» una conversación profunda sin necesidad de palabras. Hoy, sin saber por qué, me he mirado así. He establecido conmigo mismo un diálogo hondo que me ha llegado, con cierto escalofrío, a la misma consciencia.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Estuve este verano en Asís donde la huella de San Francisco permanece vivapor todos los parajes y paisajes. ¡Este Santo que dio un gran impulso a la devoción al Patriarca San José en la Europa de su tiempo y que aún perdura su influencia!

También visité la cercana ciudad de Gubio, la del lobo apaciguado por el Santo. Todos recordamos esa historia-leyenda de su vida. En Gubio había un lobo montaraz y carnicero que era el terror de ganados y vecinos. Unos dicen ahora, que era un lobo de verdad, otros que era el apelativo de un hombre ladrón y peligroso que traía en jaque a la gente por aquellos alrededores. Sea lo que fuere, San Francisco le habló mansamente.

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Alfredo Rubio de Castarlenas

Deseamos la libertad desde pequeños, aún antes de conocer esta palabra. ¿Quién no? Deseábamos ir a la escuela cuando quisiéramos. Jugar... o que no nos despertaran hasta despertarnos.

Luego, aprendimos esta palabra de tres sílabas que, por ser aguda en su sonido, es como rotunda. Tanto que la última sílaba de ella vale por dos si está al final de un verso. El contenido de la palabra nos resultaba, sin embargo, un poco abstracto y un mucho confuso. Demasiado metafísico a la vez que en exceso psicológico.

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