Alfredo Rubio de Castarlenas

Algunos creen que esa particularísima paternidad virginal de san José sobre el Niño Jesús es de grado inferior a la que tienen los padres de este mundo sobre sus respectivos hijos. ¡Nada más opuesto a la verdad! Es la paternidad más alta que pueda pensarse.

Veamos por qué: todos sabemos que el alma de los niños la crea Dios directamente; en cambio, los animales, cuando engendran un hijo, lo hacen completamente, es decir, engendran su cuerpo y su alma vegetativo–sensitiva. Y no por ello decimos que la paternidad de un perro es más plena y verdadera que la del hombre, sino al revés. Precisamente porque en el hombre, Dios mismo – Padre y fuente de toda paternidad– colabora tan directa y estrechamente, que queda el padre humano enaltecido. Colaborar con Dios no es desdoro ni mengua, sino gloria y eficacia.

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Mi buen Martín Descalzo,
desde Roma a ahora
¡cuánta distancia andada,
cuánto Concilio!
pero el dolor de dentro
siempre lo mismo.
¡Cuánto me alegra que quedaras
de aquel verso tan-bien-herido!

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Esta noche, Señor, de pronto
la nada se abrazó a mi cuerpo.
Y me ahogaba, Señor...
¡Cómo pesa la nada!

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