Escucha y medicina narrativa

¿En cuántas ocasiones hemos asistido a la queja y al comentario por parte de alguien que se lamentaba de no haber sido atendido y escuchado en sus demandas o expectativas por parte de otras personas? Es una situación que podemos comprender porque la vivimos todos en mayor o menor grado.

La escucha en las relaciones personales no suele ser frecuente. En el ambiente familiar los padres se quejan que los hijos adolescentes no los escuchan, los hijos confiesan que los padres no se enteran de sus problemas. Las personas mayores se lamentan de no ser entendidas y creen que molestan cuando hablan de sus historias. En el mundo sanitario también se sufre este problema.

La comunicación es fundamental para establecer relaciones sociales, y la escucha un elemento básico y poco considerado de esta comunicación. Dedicamos mucho tiempo a hablar y hablar pero no sabemos hacer un hueco en nuestro interior para acoger el mensaje de nuestros interlocutores.

Saber escuchar es una habilidad que precisa de conciencia, empatía, atención plena y paciencia, para tratar de comprender la realidad del otro, sus puntos de vista.

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Una escucha que acoge, genera confianza y cercanía, propicia un cambio positivo en quien está expresando algo personal; se siente comprendido, se establece un vínculo más fuerte con el interlocutor y le ayuda a expresarse libremente tanto en sus palabras como en sus sentimientos.

En el ámbito sanitario, la comunicación con el enfermo o personas que consultan sobre su salud requiere de una escucha afinada, dadas las circunstancias de dolor y debilidad que habitualmente acompañan a nuestro interlocutor.

El miedo, la incertidumbre, la angustia, el desconcierto son sentimientos que envuelven el motivo por el que se consulta; en este escenario, el profesional sanitario con sus conocimientos científicos y aplicando sus habilidades en la escucha activa, puede intervenir como facilitador para que el paciente y el contexto familiar puedan ir aceptando la enfermedad, reducir el miedo y ayudar a la toma de decisiones. El trabajador sanitario, además de aportar información que permite comprender el problema, tiene en sí mismo un efecto sanador sobre el paciente, por el hecho de hacerlo sentir escuchado.

Son muchos los profesionales de la salud que reclaman disponer de un tiempo razonable, sin presiones externas, para dedicarlo a una escucha atenta del paciente, con una anamnesis y exploración física precisa, que en muchos casos aportarán información valiosa para resolver consultas sin necesidad de pruebas complementarias. Con frecuencia la petición de pruebas diagnósticas responde a una demanda insistente por parte del paciente y a la falta de tiempo para lograr una comunicación efectiva que le convenza de que no son necesarias.

El diálogo sosegado nos permite entender cómo es el paciente, distinguir entre la demanda por la que consulta y los motivos más profundos que le hacen enfermar, que con frecuencia están enmarañados y afloran progresivamente, en consultas sucesivas. La práctica médica debe cultivar la aptitud para reconocer e interpretar las situaciones difíciles e intentar tejer un relato que dé significado a cada historia clínica.

En las últimas décadas surge una corriente liderada por médicos, denominada medicina narrativa. Este modelo trata de complementar a una tecnomedicina deshumanizada, y se enfoca en una atención personalizada que tiene en cuenta la historia clínica particular con las necesidades de cada persona. A través de la narración se busca dar sentido, contexto y perspectiva a la experiencia de enfermar, se facilita la integración de los diversos puntos de vista de todos los agentes que participan en la atención a la persona enferma. Una buena comunicación en la relación médico-paciente facilita que los consejos y cuidados del médico, sean acogidos por el enfermo con diligencia e interés, aceptando activamente la gestión de su propia salud y la experiencia de enfermar.

Remedios Ortiz
Publicado en la Revista RE
Abril de 2018

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