Descubrir otra vez la vida

Alfredo Rubio de Castarlenas

Redescubrir la vida, pero más profundamente. Y para ello las ciencias antropológicas se han dado cuenta de que deben trabajar interdisciplinarmente entre ellas y con las otras ciencias. Cada científico debe aprender los códigos de lenguaje que emplean los de otras ramas del saber, pues ¡cuántas veces las mismas palabras tienen significados diversos en una ciencia u otra!

A. Deulofeu nos desenmascara la monstruosidad de tanto sacrificio de vidas humanas por culpa de las ideas, por valorar más las abstracciones que los seres reales. Un solo hombre –sea cual sea y como sea– vale más que todos los astros incandescentes juntos. Aquél tiene vida, inteligencia, libertad humana.

Igualmente ¿cuánto más valdrá él sólo, que todas las ideologías juntas que son suma de meras ideas que afirman absolutos que deben tener cada una de ellas toda la razón?

Elena Giménez pone el dedo en la llaga. La vida y la muerte, en efecto, son una constante en el pensamiento humano. Soy para dejar de ser como dicen los existencialistas. Uno puede vivir siempre con el fardo de esa «cuestión» en las espaldas, con ese dilema, esa incertidumbre, sin poder avanzar con fuerza, sin vivir realmente la vida, sin comprometerse en ella, y sin aceptar la muerte ni comprenderla. Incluso puede representar una permanente angustia.

Pero la más profunda cuestión a plantear no es «soy o no soy» Partiendo de la realidad, hay que exclamar también «ser quien soy, es decir mortal y con las características que tengo por herencia, o no sería de ninguna manera» La existencia tal como la tengo es la única posible para mí. Imaginar, desear otras situaciones antecedentes a mí, por ejemplo haber nacido de otros padres o en otra época, es inútil, son vanos sueños, ya que otras circunstancias no hubieran posibilitado nuestro existir concreto. Incluso puedo exclamar: qué gozo tener que morir, esto quiere decir que existo, pues en este mundo sólo no mueren los que no existen.

Asumir con gozo la propia realidad –y la de los demás– es lo que hace posible, precisamente, el completo desarrollo personal y el vivir la vida en espléndida plenitud.

Una espléndida fotografía de Amigó nos muestra a un melenudo sentado en unas escaleras de un jardín. Escucha la música del walkman. Está solo y taciturno. Da la espalda a un grupo de jóvenes –ellos y ellas– que cerca, charlan y sonríen. Sendra nos hace ver que la música, que tanto debe unir a los que vivimos bajo el Sol, a veces la convertimos en muros para aislarnos insolidarios.

Una graciosa viñeta de Berna, ilustra lo que López Muyo nos dice: «En las Escuelas se pretende demasiado querer enseñar a vivir el futuro y se olvida enseñar a vivir –y gozar y saborear– el presente».

Sin hacer lo primero ¿cómo vamos a preparar para que gocen del existir, mañana? Siempre menospreciarán el presente de cada día y soñarán vanamente en el porvenir; la muerte será un chasco frustrante.

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Cesc Romero nos lanza su grito de solidaridad. Convoca a todos, sea cual sea su etnia, creencias e idiosincrasias a ajardinar el mundo con paz y alegría para bien de la humanidad toda. ¿Utopía esta conjunción de esfuerzos? Seguramente; pero muchos podemos vivir y morir haciendo todo lo posible para irlo logrando.

Fernández de Pinedo señala el papel importantísimo e insustituible de los abuelos. Su relación con los nietos es «otra» de la que tienen los padres, por ello es enriquecedora.
Un niño sin abuelos, es como si viviera en una casa sin techo. Se privan a sí mismos de conocer todo el ciclo real de la vida humana. Viviría engañado si sólo se codeara con jóvenes o adultos en plenitud. Es preciso conocer el declive de los mayores para afrontar un día el propio. «Si los abuelos no existieran, habría que inventarlos» como afirma el gran psicólogo Folch i Camarasa.

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Conxi Ayala nos explica la entropía y nos deja sorprendidos cuando afirma con evidencias que en un sistema, cuanto mayor orden hay, el equilibrio es más inestable y, en cambio, a mayor desorden corresponde más equilibrio. Un ordenado castillo de naipes se derrumba fácilmente. Una baraja desordenada sobre la mesa sigue en ella fácilmente. Esta ley la aplica a la vida de los seres humanos. Concluye que la máxima entropía en nosotros es la muerte: «lo más estable»

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Andrés Ramos nos habla otra vez, amorosamente, del Teatro. ¿Dónde la vida es más vida cabe preguntarnos? ¿En el vivir cotidiano o en el paradigmático que se vive en el escenario?

Una Cena Hora Europea de Salamanca, trata de cosas terribles: ¿Sobran las masas? Antes las masas eran necesarias para trabajar. Pero con la reconversión industrial –robots, cibernética– ya no se precisan tantos trabajadores. Pero la masa seguía siendo hasta hace poco, necesaria para consumir. Hoy, ni esto. Las fábricas pueden sostenerse con una producción menor pues la reconversión ha abaratado los costes. Las masas, por consiguiente, sobran. Además dan demasiados problemas de toda índole (urbanísticos, contaminación, orden
público, paro, de sanidad, hospitales, escolares...) Por lo tanto, sobran.

El problema para muchos calculadores políticos, es cómo eliminarlas con guante blanco y «métodos limpios». Terrible. Les parece una rémora que continúen viviendo estos seres «inútiles» para la sociedad.

Otra Cena, ésta hispanoamericana, en Trujillo (México), insiste en que si la historia no hubiera sido como fue, hoy habría otros americanos en América y otros europeos en Europa, pero ninguno de los que existimos hoy en esos continentes. Habrían ido naciendo otros de otros encuentros.

La historia globalmente con sus luces y sombras para nosotros, los que hoy existimos, es un bien existencial. Ha posibilitado nuestro nacer.

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Rubio en su verso de contraportada nos invita a la fiesta para expresar la alegría de vivir:

Saber bajar

a la fiesta ruidosa y callejera

¡Masticar Sol,

pisar el suelo,

sentirnos amigos todos

y gritarlo sin más!

Asunción Marrero, filósofa, escribe una maravillosa síntesis interiorizada, de lo que este número de Re le ha interpelado.

Publicado en:
Revista RE, 2ª Etapa, Nº 6, septiembre de 1989.

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